lunes, 29 de diciembre de 2008

La del vestido blanco

Debían ser las diez cuando llegué a la casa de mis padres, esa mañana de Octubre. Recuerdo que mi madre me atendió cerrando apresuradamente su bata (juro que no pretendía ver nada) y me saludó con mucha vergüenza.
Debía ir porque necesitaban que les hiciera algunos trámites y llevara unos papeles al médico. Como siempre, me hicieron cebar mates. Decían que les gustaba como los hacía, de modo que la charla ocupó algunos minutos más de los previstos.
El tema surgió cuando mi madre subió la escalera. En ese instante de pequeña confidencialidad, mi padre me comentó:
-¿Te cuento una cosa que me pasó el otro día? Vi una mujer bajando la escalera, con un vestido hermoso, todo blanco. Me extrañó porque Elena nunca usa esos vestidos, menos de entre casa. La quedé mirando mientras bajaba y justo cuando iba a ver su cara, tu madre me llama desde arriba y desapareció.
Escuché el comentario sin darle demasiada importancia, incluso evadiéndolo. Me dolía escuchar eso de boca de mi padre, me hacía pensar que su problema mental estaba más acrecentado de lo que imaginaba. Cambié rotundamente de tema sin importarme si se ofendía o no. Creo que me puse a hablar de fútbol u otra pavada así.
Cuando me estaba yendo de la casa, mi madre me detuvo en la salida y me comentó, casi en secreto:
-Hijo, creo que vi una mujer vestida de blanco dentro de la casa. Estoy casi segura de haberla visto. No le dije nada a tu padre para que no se asuste. Sabés que él está muy enfermo y no le haría bien todo esto. No quiero que se entere.-
-Quedate tranquila, mamá. No va a saber absolutamente nada.
No sé porqué no le dije lo que mi padre me había contado. Quizá fue temor a que esa especie de locura que se estaba apoderado de todos los habitantes de esa casa, se socializara y ellos vieran como racional ese pensamiento tan absurdo. Quizá hasta hicieran sesiones de “terapia de grupo” y hablaran de falsos aparecidos como quien habla de su adicción a las drogas.
Me di cuenta de lo equivocado que estaba luego de observar un accidente de autos. Ahí fui yo quien vio a la mujer del vestido blanco. Salió de uno de los autos caminando con la lentitud de una caricia enamorada, con la tranquilidad del que se sabe triunfador antes de pelear. Luego me enteré que una de las personas había muerto.
Unos meses después, mi padre falleció en la serenidad de una siesta de verano, mientras descansaba de la vida y de sí mismo. Ahí comprendí que uno puede elegir las cartas, pero jamás abandonar el juego.
Tranquilicé a mi madre con palabras imbéciles, dado que lloraba desconsoladamente. Noté que sus lágrimas comenzaban a disminuir y le dije que ya no se preocupara más por la mujer del vestido blanco.
Tardaría mucho en volver a aparecer otra vez.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

La parte del alma que vendí

He sido muy malo.
Parecerá una bobada, una pequeñez, hasta un chiste. Para mí no lo es: he abandonado mi saxofón tenor a un costado de mi vida, como se abandona un perro en la mitad de la calle, con la cobardía del que golpea a un niño.
En un momento dado de mi vida se me fueron acotando hasta casi terminarse cada uno de mis vicios. Era lógico, iba a realizar una gran inversión. Los meses pasaron, la cantidad ahorrada se acercaba a la solicitada, mi emoción iba en aumento. Juro que hasta soñaba con tocar frente a una multitud.
Y el día llegó. Mientras lo compraba y la vendedora me aconsejaba que lo cuidara mucho, que lo secara muy bien después de tocarlo y eso, lo vi mirarme intrigado y sonreír tímidamente. Incluso pude sentir su silencio de curiosidad y expectativa mientras lo llevaba mi hogar.
Nos habíamos ilusionado tanto.
Lo escuchaba cantarme al oído melodías hermosas y tristes. Brillaba demostrando su alegría cuando lo tocaba frente a un público que, aunque nunca fue demasiado numeroso, admiraba su belleza como se admira la ternura.
Una vez, en secreto, me contó que había soñado que tocáramos juntos en una esquina, y que la gente nos tiraba monedas en una gorra.
Con el paso del tiempo, mis anhelos se fueron deshilachando. Tal vez la pasión se fue muriendo con la rutina cotidiana, quizá me desenamoré, dicen que esas cosas pasan con los años. Lo cierto es que lo fui relegando hasta verlo llenarse de polvo. Lo he oído sollozar en la penumbra de la noche.
Su pena me fue invadiendo hasta convertirse en culpa. Lo escuchaba llorar y lloraba junto a él.
Para quitarme la vergüenza de no haber podido hacerlo feliz, decidí cambiarlo por otro instrumento del cual nunca me enamoraría. Finalmente logré hacerlo, lo canjeé por algo que no tiene sentido mencionar.
Estoy seguro que me perdonó, posiblemente hasta me haya comprendido. Tal vez me olvide pronto, en medio de alguna banda roquera, de alguna orquesta de jazz, quizás de tango. En una de esas hasta sea un poquito feliz, si es que se puede ser “un poquito feliz”.
En cuanto a mí, no lo soy. Nunca lo seré. Lamento mucho decir que viviré con esta pesada cruz sobre mis hombros, sabiendo que le vendí una parte de mi alma hecha saxofón a un demonio con cara de comerciante.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Uno de piratas

Cuando Rubén Vergara comenzó a escribir ese cuento sobre piratas, nunca creyó que iba a tener éxito. Ya había escrito varios textos, sobre corsarios y sobre muchas otras cosas, y sabía bien que para el rubro “escritores”, la situación siempre era muy complicada.
El dueño del departamentito los amenazaba constantemente a él y a su madre, hacía ya varios meses que no pagaban el alquiler. Para colmo, la tarjeta de crédito los tenía en la lista negra y no podían utilizarla más. Los alimentos escaseaban… era tiempo para el ingenio en ese hogar.
Mientras escribía la narración (siempre en primera persona), Rubén se imaginaba con tanta fuerza cada una de las acciones que incluso podía sentir el viento húmedo en la cara, el aroma del agua de mar, el peso de su espada abriendo camino en el vientre del navegante enemigo.
Incluso mientras dormía, soñaba con las andanzas de ese perverso pirata.
Era increíble. El pequeño barco cortaba las olas como un cuchillo una naranja, esas bocas desbordantes de alcohol vociferaban insultos y amenazas con un coraje poco común, ese que proviene del miedo, que no conoce límites. La adrenalina se saboreaba como el agua salada.
Cuando abordaban un barco, el preciado metal era tan sublime como una mujer enamorada, como el licor más costoso, como la locura.
“…al abordaje, a matar a estos hijos de puta, que no quede ninguno, disparen contra todo lo que se mueva, a ver esos cañones, vamos, que se va a ir a pique, saquemos todo lo que encontremos de valor, dispárenle a ese que parece que está vivo, sigan, mierda, vamos. Maten a todos. Pero disparen, la puta madre, vamos. Vení, hijo de puta, que yo sé que estás vivo.
Luego del abordaje, el capitán nos premiaba a todos con cinco doblones de oro, como siempre decía él… “porque vi fiereza en tus ojos”
-¿Rubén, te querés despertar de una vez por todas? Son las ocho de la mañana, sabés bien que tenés que hacerme los mandados.-la voz de su madre sonó violenta y enojada, como lo hacía cotidianamente.
Al rato, cuando se levantó, Rubén notó que algo había en el bolsillo de su viejo pantalón de Educación Física que ahora era un pijama. Al sacarlo, la sorpresa inmediatamente se mezcló con incredulidad: eran cinco doblones de oro “porque vi fiereza en tus ojos”.

martes, 9 de diciembre de 2008

¿Lindo día, no? Para estar en el río, en el medio del agua…

…dijo un kiosquero cansado tratando de escuchar mi automática aprobación.
No sé, pensé yo… creo que estaría en cualquier lugar sabiendo que esta puta soledad me saca, aunque sea por un rato, sus ansiosas garras de mi cuello flaco y pálido.
No sé, pero yo estaba en ese kiosco para meterme por un rato en el mundo cibernético con el ánimo de encontrarme con algún conocido, simplemente para sentir, por un instante que le intereso aunque sea un poco.
La frase del kiosquero no me agradó tanto, me hizo sentir un poco torpe, o extraño. Lo curioso fue que cuando vi el pasillo, me di cuenta que no era yo solamente el que iba a pedir auxilio a un prójimo hecho de pantallas y cables, de teclas y de programas…
Una vez que salí, sin encontrar a ningún “amigo”, me dirigí a mi domicilio. A los pocos pasos siento el sonido indiscutible un choque, las puteadas consiguientes y, extrañamente, un milico en el lugar apropiado, para hacer algún papel protagónico en ese patético escenario denominado “calle”.
El sol convertía a la ciudad en un gran horno con el techo abierto de par en par. Caminé un poco más, tratando de salir de la zona de influencia del tortazo de los autos. Al pasar por una iglesia, una multitud de infeligreses me hizo pensar que tal vez no todos querían estar a orillas del río, que tal vez Dios hoy estaba en la iglesia, que ése era el lugar indicado para estar, achicharrándose con alegría, imaginando el cielo de los panes quemados, el paraíso de la carne chamuscada…
Unas cuadras más adelante me llega el grito del paso del tiempo…
…feliiiiiiiiiiiiiz, que los cuuuuuuuuuuuumplas,….
En un pelotero algunas personas le querían hacer entender a un chiquilín que un año es mucho más que 365 días, y que ese día es muchísimo más importante que todos los demás.
Caminé acelerando el paso, tratando de llegar a mi cuchitril sin que ninguna de estas ideas se me escapara. El andar se hizo trote. Me saludó una vecina (¡qué linda que es, carajo!), ojalá no me olvide de lo que quiero contar.
Prendí la computadora (dale, carajo, que me olvidoooo). Comenzó a activarse la pantalla (dale, la concha de tu hermana), se viene un color azul y algunas letras (dale, la puta madre). Ahora sí, palabras que no quedarán en el negro espacio de la nada, que ojalá que alguien las conozca y se ría… o no sé, algo.
El pantalón se me pega al cuerpo. La remera, con su respectiva pestilencia a humano podrido, fue a parar arriba de una montaña de ropa que algún día lavaré.
Lindo día para estar en casa de uno, escribiendo bobadas, pensando que me leerán, que gracias a eso estaré menos solo… lindo día para no estar en el río, viendo a la gente nadar y reír de boludeces… fin.

Se dicen tantas cosas…

Miguel Uizinga era un saxofonista nato. Improvisaba como nadie cualquier tema de rock que le pidieran sus amigos, los de la banda “pharresia”. Incluso algún que otro tanguito sonó en la vereda de su casa a cambio de unas monedas. Lástima que, bien lo sabía, eso no alcanzaba para llegar a fin de mes.
Llegar hasta el 30 se te hace muy difícil cuando no te conoce nadie, cuando el arte no es importante para la gente, y cuando no sos solo en tu hogar. Había dos bocas más para alimentar, la última (o la primera, según la opinión), no entendía de sueldos o de presentaciones.
La situación lo apenaba mucho. Esas personas, que solo querían escuchar buena música, gambeteaban la gorra mejor que cualquier futbolista de primera división. Él miraba su caño de metal y las lágrimas que rodaban jamás se transformaban en oro, en plata…
-bueno, amor, ya nos va a ir bien…
-¿sabés cuántas veces escuché esas pelotudeces? ¡¡Harta estoy, harta!!
La beba no sabía de contratos de dos pesos, de compañeros cagadores o de cultura del bajo mundo. Solo quería estar limpita, tomar leche y dormir lo más plácida y cómodamente posible. ¿Era mucho pedir?
-uuuhh, otra vez con esa musiquita insoportable. ¡No comemos sonidos, las notas no son monedas, entendelo, che!
-bueno, amor, mirá: este sábado toco en un bar del centro, se va a llenar… ¡teneme fe!
-si, claro, ahora comemos fe nosotros. ¡Ya estoy harta! ¡Harta estoy!
Pero un día, el que se hartó fue Miguel. Tomó su saxo tenor, lo limpió con bastante brillo-metal, probó cada uno de los resortes, verificó si las llaves cerraban correctamente y llevó su instrumento a una casa de empeños muy célebre por su regateo.
Dicen que lo vieron llorar cuando salió.
Dicen que apenas le dio la plata a su mujer, la besó y le dijo adiós.
Dicen que el barco en el que subió no volvió más.
Qué se yo, se dicen tantas cosas…