Debían ser las diez cuando llegué a la casa de mis padres, esa mañana de Octubre. Recuerdo que mi madre me atendió cerrando apresuradamente su bata (juro que no pretendía ver nada) y me saludó con mucha vergüenza.
Debía ir porque necesitaban que les hiciera algunos trámites y llevara unos papeles al médico. Como siempre, me hicieron cebar mates. Decían que les gustaba como los hacía, de modo que la charla ocupó algunos minutos más de los previstos.
El tema surgió cuando mi madre subió la escalera. En ese instante de pequeña confidencialidad, mi padre me comentó:
-¿Te cuento una cosa que me pasó el otro día? Vi una mujer bajando la escalera, con un vestido hermoso, todo blanco. Me extrañó porque Elena nunca usa esos vestidos, menos de entre casa. La quedé mirando mientras bajaba y justo cuando iba a ver su cara, tu madre me llama desde arriba y desapareció.
Escuché el comentario sin darle demasiada importancia, incluso evadiéndolo. Me dolía escuchar eso de boca de mi padre, me hacía pensar que su problema mental estaba más acrecentado de lo que imaginaba. Cambié rotundamente de tema sin importarme si se ofendía o no. Creo que me puse a hablar de fútbol u otra pavada así.
Cuando me estaba yendo de la casa, mi madre me detuvo en la salida y me comentó, casi en secreto:
-Hijo, creo que vi una mujer vestida de blanco dentro de la casa. Estoy casi segura de haberla visto. No le dije nada a tu padre para que no se asuste. Sabés que él está muy enfermo y no le haría bien todo esto. No quiero que se entere.-
-Quedate tranquila, mamá. No va a saber absolutamente nada.
No sé porqué no le dije lo que mi padre me había contado. Quizá fue temor a que esa especie de locura que se estaba apoderado de todos los habitantes de esa casa, se socializara y ellos vieran como racional ese pensamiento tan absurdo. Quizá hasta hicieran sesiones de “terapia de grupo” y hablaran de falsos aparecidos como quien habla de su adicción a las drogas.
Me di cuenta de lo equivocado que estaba luego de observar un accidente de autos. Ahí fui yo quien vio a la mujer del vestido blanco. Salió de uno de los autos caminando con la lentitud de una caricia enamorada, con la tranquilidad del que se sabe triunfador antes de pelear. Luego me enteré que una de las personas había muerto.
Unos meses después, mi padre falleció en la serenidad de una siesta de verano, mientras descansaba de la vida y de sí mismo. Ahí comprendí que uno puede elegir las cartas, pero jamás abandonar el juego.
Tranquilicé a mi madre con palabras imbéciles, dado que lloraba desconsoladamente. Noté que sus lágrimas comenzaban a disminuir y le dije que ya no se preocupara más por la mujer del vestido blanco.
Tardaría mucho en volver a aparecer otra vez.
Reescrituras
Hace 7 años