miércoles, 24 de diciembre de 2008

La parte del alma que vendí

He sido muy malo.
Parecerá una bobada, una pequeñez, hasta un chiste. Para mí no lo es: he abandonado mi saxofón tenor a un costado de mi vida, como se abandona un perro en la mitad de la calle, con la cobardía del que golpea a un niño.
En un momento dado de mi vida se me fueron acotando hasta casi terminarse cada uno de mis vicios. Era lógico, iba a realizar una gran inversión. Los meses pasaron, la cantidad ahorrada se acercaba a la solicitada, mi emoción iba en aumento. Juro que hasta soñaba con tocar frente a una multitud.
Y el día llegó. Mientras lo compraba y la vendedora me aconsejaba que lo cuidara mucho, que lo secara muy bien después de tocarlo y eso, lo vi mirarme intrigado y sonreír tímidamente. Incluso pude sentir su silencio de curiosidad y expectativa mientras lo llevaba mi hogar.
Nos habíamos ilusionado tanto.
Lo escuchaba cantarme al oído melodías hermosas y tristes. Brillaba demostrando su alegría cuando lo tocaba frente a un público que, aunque nunca fue demasiado numeroso, admiraba su belleza como se admira la ternura.
Una vez, en secreto, me contó que había soñado que tocáramos juntos en una esquina, y que la gente nos tiraba monedas en una gorra.
Con el paso del tiempo, mis anhelos se fueron deshilachando. Tal vez la pasión se fue muriendo con la rutina cotidiana, quizá me desenamoré, dicen que esas cosas pasan con los años. Lo cierto es que lo fui relegando hasta verlo llenarse de polvo. Lo he oído sollozar en la penumbra de la noche.
Su pena me fue invadiendo hasta convertirse en culpa. Lo escuchaba llorar y lloraba junto a él.
Para quitarme la vergüenza de no haber podido hacerlo feliz, decidí cambiarlo por otro instrumento del cual nunca me enamoraría. Finalmente logré hacerlo, lo canjeé por algo que no tiene sentido mencionar.
Estoy seguro que me perdonó, posiblemente hasta me haya comprendido. Tal vez me olvide pronto, en medio de alguna banda roquera, de alguna orquesta de jazz, quizás de tango. En una de esas hasta sea un poquito feliz, si es que se puede ser “un poquito feliz”.
En cuanto a mí, no lo soy. Nunca lo seré. Lamento mucho decir que viviré con esta pesada cruz sobre mis hombros, sabiendo que le vendí una parte de mi alma hecha saxofón a un demonio con cara de comerciante.

1 comentario:

Mystica dijo...

Ay, Morga, me pusiste triste.
Cómo amo el saxo!
No me digas que nunca serás feliz...
Habrá otra oportunidad estoy segura.
El texto es hermoso.
Te mando un beso grande.