Miguel Uizinga era un saxofonista nato. Improvisaba como nadie cualquier tema de rock que le pidieran sus amigos, los de la banda “pharresia”. Incluso algún que otro tanguito sonó en la vereda de su casa a cambio de unas monedas. Lástima que, bien lo sabía, eso no alcanzaba para llegar a fin de mes.
Llegar hasta el 30 se te hace muy difícil cuando no te conoce nadie, cuando el arte no es importante para la gente, y cuando no sos solo en tu hogar. Había dos bocas más para alimentar, la última (o la primera, según la opinión), no entendía de sueldos o de presentaciones.
La situación lo apenaba mucho. Esas personas, que solo querían escuchar buena música, gambeteaban la gorra mejor que cualquier futbolista de primera división. Él miraba su caño de metal y las lágrimas que rodaban jamás se transformaban en oro, en plata…
-bueno, amor, ya nos va a ir bien…
-¿sabés cuántas veces escuché esas pelotudeces? ¡¡Harta estoy, harta!!
La beba no sabía de contratos de dos pesos, de compañeros cagadores o de cultura del bajo mundo. Solo quería estar limpita, tomar leche y dormir lo más plácida y cómodamente posible. ¿Era mucho pedir?
-uuuhh, otra vez con esa musiquita insoportable. ¡No comemos sonidos, las notas no son monedas, entendelo, che!
-bueno, amor, mirá: este sábado toco en un bar del centro, se va a llenar… ¡teneme fe!
-si, claro, ahora comemos fe nosotros. ¡Ya estoy harta! ¡Harta estoy!
Pero un día, el que se hartó fue Miguel. Tomó su saxo tenor, lo limpió con bastante brillo-metal, probó cada uno de los resortes, verificó si las llaves cerraban correctamente y llevó su instrumento a una casa de empeños muy célebre por su regateo.
Dicen que lo vieron llorar cuando salió.
Dicen que apenas le dio la plata a su mujer, la besó y le dijo adiós.
Dicen que el barco en el que subió no volvió más.
Qué se yo, se dicen tantas cosas…
Reescrituras
Hace 7 años
1 comentario:
Qué linda historia! Qué triste!
Me gusta mucho como escribis.
Seguiré visitandote. Un beso.
Publicar un comentario