Te invaden.
De un día para el otro tu vida cambia para siempre.
Ves esos bombones de crema moverse de aquí para allá apenas prendés la luz y ¿no te da un poquito de asco sentir el “ccchhh” al pisarlos?
El primer día en que los ves te das cuenta que no hay vuelta atrás. Si no los vieras, no habría problema. Seguirías siendo sucio pero ignorante, de modo que no sería tan grave. Ahora, si los ves comienza tu martirio.
Le preguntás a algunos conocidos –los más cercanos- acerca de posibles soluciones y comienza toda una procesión por lugares que huelen a veneno, a alpiste y que tienen jaulas colgadas para exhibición donde duran ratones girando sobre rueditas (y es así como te sentís, pero apurás el paso para no reconocerlo). Hacés averiguaciones con la esperanza de un futuro satisfactorio, como si tuvieses alguna posibilidad…
La segunda etapa se caracteriza por lo que algunos denominan “ensayo-error” y otros (los más realistas y a su vez, pesimistas) círculo vicioso. Probás de todo para alejarlos de tu casa… todo lo que te aconsejaron… todo sin éxito. La casa se llena de olores fétidos, de trampas metódicas, de elíxires asombrosos aunque, invariablemente, sabés bien que nunca tendrás ningún tipo de éxito.
Te sabés invadido. Peleás con todas las armas (de destrucción masiva pero permitidas, no te preocupes-), tratás de hacerles frente poniendo en juego miles de año de evolución, gastás más plata que una película norteamericana y das todo lo que tenés, pero en el fondo sabés que tu renuncia es inminente. Sabés que se ocultarán algún tiempo, que reirán a tus espaldas, que practicarás una sonrisa auto-complaciente y que vivirás el día a día en una casa que Ellos te prestan a vos.
Reescrituras
Hace 7 años
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