lunes, 29 de diciembre de 2008

La del vestido blanco

Debían ser las diez cuando llegué a la casa de mis padres, esa mañana de Octubre. Recuerdo que mi madre me atendió cerrando apresuradamente su bata (juro que no pretendía ver nada) y me saludó con mucha vergüenza.
Debía ir porque necesitaban que les hiciera algunos trámites y llevara unos papeles al médico. Como siempre, me hicieron cebar mates. Decían que les gustaba como los hacía, de modo que la charla ocupó algunos minutos más de los previstos.
El tema surgió cuando mi madre subió la escalera. En ese instante de pequeña confidencialidad, mi padre me comentó:
-¿Te cuento una cosa que me pasó el otro día? Vi una mujer bajando la escalera, con un vestido hermoso, todo blanco. Me extrañó porque Elena nunca usa esos vestidos, menos de entre casa. La quedé mirando mientras bajaba y justo cuando iba a ver su cara, tu madre me llama desde arriba y desapareció.
Escuché el comentario sin darle demasiada importancia, incluso evadiéndolo. Me dolía escuchar eso de boca de mi padre, me hacía pensar que su problema mental estaba más acrecentado de lo que imaginaba. Cambié rotundamente de tema sin importarme si se ofendía o no. Creo que me puse a hablar de fútbol u otra pavada así.
Cuando me estaba yendo de la casa, mi madre me detuvo en la salida y me comentó, casi en secreto:
-Hijo, creo que vi una mujer vestida de blanco dentro de la casa. Estoy casi segura de haberla visto. No le dije nada a tu padre para que no se asuste. Sabés que él está muy enfermo y no le haría bien todo esto. No quiero que se entere.-
-Quedate tranquila, mamá. No va a saber absolutamente nada.
No sé porqué no le dije lo que mi padre me había contado. Quizá fue temor a que esa especie de locura que se estaba apoderado de todos los habitantes de esa casa, se socializara y ellos vieran como racional ese pensamiento tan absurdo. Quizá hasta hicieran sesiones de “terapia de grupo” y hablaran de falsos aparecidos como quien habla de su adicción a las drogas.
Me di cuenta de lo equivocado que estaba luego de observar un accidente de autos. Ahí fui yo quien vio a la mujer del vestido blanco. Salió de uno de los autos caminando con la lentitud de una caricia enamorada, con la tranquilidad del que se sabe triunfador antes de pelear. Luego me enteré que una de las personas había muerto.
Unos meses después, mi padre falleció en la serenidad de una siesta de verano, mientras descansaba de la vida y de sí mismo. Ahí comprendí que uno puede elegir las cartas, pero jamás abandonar el juego.
Tranquilicé a mi madre con palabras imbéciles, dado que lloraba desconsoladamente. Noté que sus lágrimas comenzaban a disminuir y le dije que ya no se preocupara más por la mujer del vestido blanco.
Tardaría mucho en volver a aparecer otra vez.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

La parte del alma que vendí

He sido muy malo.
Parecerá una bobada, una pequeñez, hasta un chiste. Para mí no lo es: he abandonado mi saxofón tenor a un costado de mi vida, como se abandona un perro en la mitad de la calle, con la cobardía del que golpea a un niño.
En un momento dado de mi vida se me fueron acotando hasta casi terminarse cada uno de mis vicios. Era lógico, iba a realizar una gran inversión. Los meses pasaron, la cantidad ahorrada se acercaba a la solicitada, mi emoción iba en aumento. Juro que hasta soñaba con tocar frente a una multitud.
Y el día llegó. Mientras lo compraba y la vendedora me aconsejaba que lo cuidara mucho, que lo secara muy bien después de tocarlo y eso, lo vi mirarme intrigado y sonreír tímidamente. Incluso pude sentir su silencio de curiosidad y expectativa mientras lo llevaba mi hogar.
Nos habíamos ilusionado tanto.
Lo escuchaba cantarme al oído melodías hermosas y tristes. Brillaba demostrando su alegría cuando lo tocaba frente a un público que, aunque nunca fue demasiado numeroso, admiraba su belleza como se admira la ternura.
Una vez, en secreto, me contó que había soñado que tocáramos juntos en una esquina, y que la gente nos tiraba monedas en una gorra.
Con el paso del tiempo, mis anhelos se fueron deshilachando. Tal vez la pasión se fue muriendo con la rutina cotidiana, quizá me desenamoré, dicen que esas cosas pasan con los años. Lo cierto es que lo fui relegando hasta verlo llenarse de polvo. Lo he oído sollozar en la penumbra de la noche.
Su pena me fue invadiendo hasta convertirse en culpa. Lo escuchaba llorar y lloraba junto a él.
Para quitarme la vergüenza de no haber podido hacerlo feliz, decidí cambiarlo por otro instrumento del cual nunca me enamoraría. Finalmente logré hacerlo, lo canjeé por algo que no tiene sentido mencionar.
Estoy seguro que me perdonó, posiblemente hasta me haya comprendido. Tal vez me olvide pronto, en medio de alguna banda roquera, de alguna orquesta de jazz, quizás de tango. En una de esas hasta sea un poquito feliz, si es que se puede ser “un poquito feliz”.
En cuanto a mí, no lo soy. Nunca lo seré. Lamento mucho decir que viviré con esta pesada cruz sobre mis hombros, sabiendo que le vendí una parte de mi alma hecha saxofón a un demonio con cara de comerciante.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Uno de piratas

Cuando Rubén Vergara comenzó a escribir ese cuento sobre piratas, nunca creyó que iba a tener éxito. Ya había escrito varios textos, sobre corsarios y sobre muchas otras cosas, y sabía bien que para el rubro “escritores”, la situación siempre era muy complicada.
El dueño del departamentito los amenazaba constantemente a él y a su madre, hacía ya varios meses que no pagaban el alquiler. Para colmo, la tarjeta de crédito los tenía en la lista negra y no podían utilizarla más. Los alimentos escaseaban… era tiempo para el ingenio en ese hogar.
Mientras escribía la narración (siempre en primera persona), Rubén se imaginaba con tanta fuerza cada una de las acciones que incluso podía sentir el viento húmedo en la cara, el aroma del agua de mar, el peso de su espada abriendo camino en el vientre del navegante enemigo.
Incluso mientras dormía, soñaba con las andanzas de ese perverso pirata.
Era increíble. El pequeño barco cortaba las olas como un cuchillo una naranja, esas bocas desbordantes de alcohol vociferaban insultos y amenazas con un coraje poco común, ese que proviene del miedo, que no conoce límites. La adrenalina se saboreaba como el agua salada.
Cuando abordaban un barco, el preciado metal era tan sublime como una mujer enamorada, como el licor más costoso, como la locura.
“…al abordaje, a matar a estos hijos de puta, que no quede ninguno, disparen contra todo lo que se mueva, a ver esos cañones, vamos, que se va a ir a pique, saquemos todo lo que encontremos de valor, dispárenle a ese que parece que está vivo, sigan, mierda, vamos. Maten a todos. Pero disparen, la puta madre, vamos. Vení, hijo de puta, que yo sé que estás vivo.
Luego del abordaje, el capitán nos premiaba a todos con cinco doblones de oro, como siempre decía él… “porque vi fiereza en tus ojos”
-¿Rubén, te querés despertar de una vez por todas? Son las ocho de la mañana, sabés bien que tenés que hacerme los mandados.-la voz de su madre sonó violenta y enojada, como lo hacía cotidianamente.
Al rato, cuando se levantó, Rubén notó que algo había en el bolsillo de su viejo pantalón de Educación Física que ahora era un pijama. Al sacarlo, la sorpresa inmediatamente se mezcló con incredulidad: eran cinco doblones de oro “porque vi fiereza en tus ojos”.

martes, 9 de diciembre de 2008

¿Lindo día, no? Para estar en el río, en el medio del agua…

…dijo un kiosquero cansado tratando de escuchar mi automática aprobación.
No sé, pensé yo… creo que estaría en cualquier lugar sabiendo que esta puta soledad me saca, aunque sea por un rato, sus ansiosas garras de mi cuello flaco y pálido.
No sé, pero yo estaba en ese kiosco para meterme por un rato en el mundo cibernético con el ánimo de encontrarme con algún conocido, simplemente para sentir, por un instante que le intereso aunque sea un poco.
La frase del kiosquero no me agradó tanto, me hizo sentir un poco torpe, o extraño. Lo curioso fue que cuando vi el pasillo, me di cuenta que no era yo solamente el que iba a pedir auxilio a un prójimo hecho de pantallas y cables, de teclas y de programas…
Una vez que salí, sin encontrar a ningún “amigo”, me dirigí a mi domicilio. A los pocos pasos siento el sonido indiscutible un choque, las puteadas consiguientes y, extrañamente, un milico en el lugar apropiado, para hacer algún papel protagónico en ese patético escenario denominado “calle”.
El sol convertía a la ciudad en un gran horno con el techo abierto de par en par. Caminé un poco más, tratando de salir de la zona de influencia del tortazo de los autos. Al pasar por una iglesia, una multitud de infeligreses me hizo pensar que tal vez no todos querían estar a orillas del río, que tal vez Dios hoy estaba en la iglesia, que ése era el lugar indicado para estar, achicharrándose con alegría, imaginando el cielo de los panes quemados, el paraíso de la carne chamuscada…
Unas cuadras más adelante me llega el grito del paso del tiempo…
…feliiiiiiiiiiiiiz, que los cuuuuuuuuuuuumplas,….
En un pelotero algunas personas le querían hacer entender a un chiquilín que un año es mucho más que 365 días, y que ese día es muchísimo más importante que todos los demás.
Caminé acelerando el paso, tratando de llegar a mi cuchitril sin que ninguna de estas ideas se me escapara. El andar se hizo trote. Me saludó una vecina (¡qué linda que es, carajo!), ojalá no me olvide de lo que quiero contar.
Prendí la computadora (dale, carajo, que me olvidoooo). Comenzó a activarse la pantalla (dale, la concha de tu hermana), se viene un color azul y algunas letras (dale, la puta madre). Ahora sí, palabras que no quedarán en el negro espacio de la nada, que ojalá que alguien las conozca y se ría… o no sé, algo.
El pantalón se me pega al cuerpo. La remera, con su respectiva pestilencia a humano podrido, fue a parar arriba de una montaña de ropa que algún día lavaré.
Lindo día para estar en casa de uno, escribiendo bobadas, pensando que me leerán, que gracias a eso estaré menos solo… lindo día para no estar en el río, viendo a la gente nadar y reír de boludeces… fin.

Se dicen tantas cosas…

Miguel Uizinga era un saxofonista nato. Improvisaba como nadie cualquier tema de rock que le pidieran sus amigos, los de la banda “pharresia”. Incluso algún que otro tanguito sonó en la vereda de su casa a cambio de unas monedas. Lástima que, bien lo sabía, eso no alcanzaba para llegar a fin de mes.
Llegar hasta el 30 se te hace muy difícil cuando no te conoce nadie, cuando el arte no es importante para la gente, y cuando no sos solo en tu hogar. Había dos bocas más para alimentar, la última (o la primera, según la opinión), no entendía de sueldos o de presentaciones.
La situación lo apenaba mucho. Esas personas, que solo querían escuchar buena música, gambeteaban la gorra mejor que cualquier futbolista de primera división. Él miraba su caño de metal y las lágrimas que rodaban jamás se transformaban en oro, en plata…
-bueno, amor, ya nos va a ir bien…
-¿sabés cuántas veces escuché esas pelotudeces? ¡¡Harta estoy, harta!!
La beba no sabía de contratos de dos pesos, de compañeros cagadores o de cultura del bajo mundo. Solo quería estar limpita, tomar leche y dormir lo más plácida y cómodamente posible. ¿Era mucho pedir?
-uuuhh, otra vez con esa musiquita insoportable. ¡No comemos sonidos, las notas no son monedas, entendelo, che!
-bueno, amor, mirá: este sábado toco en un bar del centro, se va a llenar… ¡teneme fe!
-si, claro, ahora comemos fe nosotros. ¡Ya estoy harta! ¡Harta estoy!
Pero un día, el que se hartó fue Miguel. Tomó su saxo tenor, lo limpió con bastante brillo-metal, probó cada uno de los resortes, verificó si las llaves cerraban correctamente y llevó su instrumento a una casa de empeños muy célebre por su regateo.
Dicen que lo vieron llorar cuando salió.
Dicen que apenas le dio la plata a su mujer, la besó y le dijo adiós.
Dicen que el barco en el que subió no volvió más.
Qué se yo, se dicen tantas cosas…

martes, 18 de noviembre de 2008

Pacto quebrado

Habíamos hecho un pacto secreto de no agresión. Si bien nos limitábamos a ignorarnos, a simular que el otro no existía, sabíamos bien el horario en que uno no debía entrar en territorio ajeno, pero esto tuvo un final. Y fue mi culpa.
Muy pocos en la ciudad conocen a los terápletos. Se me ha dicho, creo que con absoluta razón, que no se los conoce hasta que se los padece. No es que sean, malos, no. Simplemente son torpes, asquerosos y molestos, esto dicho libre de prejuicios.
A veces, con el fin de ocultarse, corren a toda velocidad, con sus patitas rozaditas y pequeñas y se interponen en el camino de quien tiene la desgracia de levantarse de madrugada y pisotearlos sin querer… porque querer… a esos bichos nunca es grato pisarlos. Son muy babosos, tienen la piel cubierta de una saliva blanca que se adhiere a cualquier superficie. Además, esa secreción tiene un olor tan nauseabundo y fuerte, que cuando uno se lava, parece que no ha de irse, que quedará impregnado para siempre… es horrible. Por las noches salen en busca de alimentos porque es el momento en que nadie los molesta. Es en ese momento en que se producen los accidentes domésticos que casi siempre terminan con la muerte de un terópleto
Poniéndome en su lugar, que de la nada un pie se posesione sobre uno, debe ser un tema para tratar con el psiquiatra.
Cumplir un pacto tiene su precio. He debido recurrir a estrategias sumamente vergonzosas, por ejemplo, he debido resistir hasta las primeras horas de la mañana para poder ir a ese lugar de filosofía profunda y de literatura variada denominado “baño” para desahogar mis riñones. He recurrido a todo tipo de estratagemas para evitar ese sitio, pero hay ocasiones en las que uno no puede elegir.
Ayer fue uno de esos días.
La razón fue simple y vulgar: una cena con amigos. Trajeron una guitarra y algunas empanadas. Procuramos canciones del siempre vigente rock nacional. Después de la segunda cerveza, el tráfico hacia el baño se tornó más transitado, ni hablemos después de la quinta. Hasta ahí, no hubo problemas. El momento fatídico se produjo de madrugada, cuando mi estómago hervía.
Me levanté sigiloso y obligado, con los últimos segundos de un presuroso lago de orina asomando por la compuerta de la vejiga. De haber podido elegir otro sitio, no habría dudado. El último refugio (el jardín de la entrada de mi casa) ya fue descubierto por la vecina de enfrente. No tenía escapatoria. Prendí la luz esperando que se oculten, ya al límite de la contingencia. Caminé lento, controlando cada movimiento, haciendo de mis pies un par de nuevos sentidos. Me vi llegar al inodoro, anhelante allá, a pocos metros de distancia, como una gran isla en el medio del océano pacífico. Era el último paso, previo a acomodar mis carnes sobre el blanco opaco del plástico cuando justo, de la nada, apareció un terópleto.
Lo pisé.
Mis pies, como brutales mazas, aplastaron al infortunado ser y le dieron de baja en el mundo de los vivos.
De más está decir que regué mis piernas con mis desperdicios líquidos. De más está decir que mi compañera de cama no me dejó volver a recostarme junto a ella. De más está decir que debí bañarme de madrugada para escaparle a la infernal prisión de la pestilencia propia y de la forastera.
La venganza de un muerto suele tener la más grandiosa de las crueldades.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Final trapo sucio

El tipo entró en el kiosco dejándome un charco de sangre a cada paso. Se veía nervioso. Su corazón golpeaba como el percutor de un revolver, dado que el líquido vital que brotaba de su cuerpo pedía a gritos conocer el aire, conocer la luz, conocer su propia perdición.
-“¿No tenés una curita?”, -me preguntó, nervioso y avergonzado a la vez.
-“No”. -Le dije.
Tenía, pero el infeliz me estaba llenando de roña todo el local.
Se marchó llevándose consigo todo ese reguero nauseabundo y asqueroso de su propia vida desmontándose lentamente. Al llegar a la puerta miró hacia atrás, como queriendo despedirse de su esencia que iba quedando en el camino. Como queriendo recordar lo que él era, cruzó el umbral y se fue para nunca volver.
Enjuagada con un trapo sucio y hediondo se fue la vida de una persona.

Girando sobre rueditas de metal

Te invaden.
De un día para el otro tu vida cambia para siempre.
Ves esos bombones de crema moverse de aquí para allá apenas prendés la luz y ¿no te da un poquito de asco sentir el “ccchhh” al pisarlos?
El primer día en que los ves te das cuenta que no hay vuelta atrás. Si no los vieras, no habría problema. Seguirías siendo sucio pero ignorante, de modo que no sería tan grave. Ahora, si los ves comienza tu martirio.
Le preguntás a algunos conocidos –los más cercanos- acerca de posibles soluciones y comienza toda una procesión por lugares que huelen a veneno, a alpiste y que tienen jaulas colgadas para exhibición donde duran ratones girando sobre rueditas (y es así como te sentís, pero apurás el paso para no reconocerlo). Hacés averiguaciones con la esperanza de un futuro satisfactorio, como si tuvieses alguna posibilidad…
La segunda etapa se caracteriza por lo que algunos denominan “ensayo-error” y otros (los más realistas y a su vez, pesimistas) círculo vicioso. Probás de todo para alejarlos de tu casa… todo lo que te aconsejaron… todo sin éxito. La casa se llena de olores fétidos, de trampas metódicas, de elíxires asombrosos aunque, invariablemente, sabés bien que nunca tendrás ningún tipo de éxito.
Te sabés invadido. Peleás con todas las armas (de destrucción masiva pero permitidas, no te preocupes-), tratás de hacerles frente poniendo en juego miles de año de evolución, gastás más plata que una película norteamericana y das todo lo que tenés, pero en el fondo sabés que tu renuncia es inminente. Sabés que se ocultarán algún tiempo, que reirán a tus espaldas, que practicarás una sonrisa auto-complaciente y que vivirás el día a día en una casa que Ellos te prestan a vos.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Lucía y yo

Lucía y yo

Los ángeles del sueño se niegan a venir.
En la cama de al lado, lucía duerme con el mismo candor que cuando tenía tres meses.
Duerme pero espera.
Aquí yo divago y pienso, imagino y me demoro un poco más, tal vez para que la expectativa arda suavemente, para que cada instante de separación haga de oro cada segundo de unión.
Afuera alguien teme y cierra bien su puerta, con la cerradura más poderosa y cara que ha podido hallar.

Aquí hay dos almas que deciden fusionarse a cada momento;
dos corazones que laten al unísono;
dos inconscientes con un mismo sueño;
dos actualidades con un futuro en común.

Lo más maravilloso que poseemos es lo que nos une a los demás.

El ocaso

El ocaso

Un fuerte dolor de cabeza.
Bebo un poco de alcohol y pienso en la cantidad de botellas de desinfectante que debo comprar para que se vaya todo este olor nauseabundo de mi casa. Es una hediondez casi escandalosa. Mi vecina de enfrente camina junto a su hija mayor, y le comenta que “la pestilencia llega hasta su casa”. La chica sonríe pero solo por compromiso: es que era su madre la que había hecho semejante broma.
Mis manos casi no siguen mis instrucciones. Es como si mis fuerzas me estuviesen abandonando. Con mucho esfuerzo me toco la cabeza para comprobar una posible fiebre. No. No es eso. Solo dolor y más dolor. Me viene un mareo, pero no es de los que provienen del alcohol, algo que parece que el mundo da vueltas, que nada tiene orden, que el escaso margen de poder que tenés sobre tu vida se te va sin permiso. No, Es un mareo que no se detiene, que nace en el interior de mi mente pero se va apoderando de todo lo demás.
Comienza a nacerme una sensación de soledad, de esas que uno padece cuando se enferma.
Una lluvia de recuerdos viene a mí. Un individuo pequeño, marido de una chica que me frecuenta. Ella a su lado grita como loca. El hombre me putea y me amenaza. Los dos lloran. La infernal presencia de un arma. Él sale corriendo de mi casa. Todo muy confuso.
Miro la televisión. Pongo los pies sobre la silla de enfrente, no sé qué hay en el suelo, pegajoso y sucio, con aroma dulzón. No tengo ganas de limpiar. En el aparato hay noticias de muertes, violaciones, luchas de poder y fútbol. Me viene un sueño poderoso que parece conquistar todos mis sentidos.
Apago el televisor y me veo a mí mismo con mi cara apoyada sobre la mesa. Tal vez sería mejor decir “lo que queda de mi cara”. Prendo el aparato de nuevo. Tal vez esta pesadilla pase rápido, tal vez este dolor de cabeza desaparezca pronto, tal vez mi cuerpo responda mis órdenes. Tal vez todo lo malo desaparezca, como va desapareciendo mi mundo, desvaneciéndose como un sueño, como un suspiro, como una promesa.

jueves, 30 de octubre de 2008

El aroma y el sentimiento

El aroma y el sentimiento

Una tranquilidad que anestesia el alma transita por toda la ciudad. Aun así, la gente camina apresurada en la vereda de mi hogar. Yo aquí, estanco y cansado.
Miro la casa de enfrente, recuerdo que visitaba a esas personas. No los quería, pero me salvaban de mi soledad. Ellos me preguntaban como iban mis cosas y tonterías así, de ese modo tenían la oportunidad de averiguar sobre mí y opinar en secreto. Creo que en algún sentido estábamos empatados.
Arriba las estrellas parecen saludarme. Aquí, en el umbral de mi casa, la gente entra y sale. Cada tanto alguien hace algún comentario triste. Mi familia llora y se abraza desconsoladamente. Hacía tiempo que no los veía abrazados, creo que desde navidad o alguna otra fiesta así. Quisiera poder participar de esos abrazos, poder tocar el rostro de mi madre otra vez.
Miro hacia ambos lados. Mucha gente cabizbaja. Algunos se quedan cavilando, se detienen en el espacio como tratando de entender. Me hacen acordar a los perros cuando se abatatan. Caras compungidas. Nada nuevo bajo el sol.
No me ven, como siempre. Estoy tan cerca y tan lejos de ellos. Mi casa huele muy mal, esta vez no es porque no haya limpiado, es por mí. Algunas personas que venían a mi casa, parecían más interesadas en el perfume del ambiente y otras cosas de vital importancia como esa.
Los miro con pena. Creo que me quedaré aquí para siempre, he sido feliz en este lugar. Pienso que la gente es una parte del sitio donde vive, quizá haya como un ida y vuelta entre el lugar y la vida de cada persona.
Los forenses se llevan mi cuerpo cubierto con una sábana y el aire comienza a renovarse. Muchas personas abandonan sus muecas de asco. El aroma va cambiando y con él el sentimiento. Creo que ya no les resulta tan doloroso estar en casa de un difunto.

martes, 28 de octubre de 2008

como un angelito

Como un angelito

-bueno, che, ¿te vas a dormir o no?-
-bueno, es que no me viene el sueño.-
Una tos.
Otra tos.
-se despertó Lucía…-
-si, ya sé que se despertó Lucía, ¿te podés levantar vos, que a mí me duele la cabeza?-
-¿Y desde cuándo te duele la cabeza? Si hasta hace un rato estabas lo más bien…-
-Desde que estábamos cenando. Te lo dije, pero vos nunca me escuchás.-
-Si, yo te escucho. Todo bien, yo voy y la hamaco un poquito, pero vos no me mientas más…-
-¡¡Pero si me duele la cabeza!! ¿Sabés qué? Voy a ir yo, porque a vos no se te puede pedir ni un favor.-
-Sí, se me puede pedir un favor, lo que me jode es que me mientas… No, dejá, que voy yo.-
-No, ahora voy yo, así te dejás de decirme mentirosa.-
-Yo nunca te dije mentirosa, lo único que te dije es que vos “a veces” me decís mentiritas, nada más… Bueno, está bien, andá vos, así puedo dormir un poco, que no doy más de sueño.-
-Y… también, con todo lo que te tomaste…-
-Bue… así que ahora soy un borracho perdido…-
-Yo diría encontrado, encima siempre soy yo la que te encuentra. Mirá, voy a ir a hamacar a Lucía porque sino nunca se va a dormir. Que descanses querido, gracias por ayudarme cuando me duele la cabeza…-
-bueno, carajo, si vas a ir, andá, porque la nena hace media hora que llora, y vos ahí, boludeado.-
-Vos a mí no me vas a venir a decir si tengo que ir o no, porque vos no sos nadie para…-
-zzzz zzzz zzzz zzzz –
-Ah, ¿encima te hacés bien el dormidito? ¿Pero sabés qué? Andate bien, pero bien a la mierda.-
-zzzz zzzz zzzz zzzz-
Silencio de bronca.
Pasos que se dirigen a la habitación de Lucía.
Lucía ya no llora. Golpes de palmitas en la espalda de la beba. Así unos diez o quince minutos.
Pasos que se acercan. Una vos apenada y triste que le dice
-¿porqué te encanta hacerme enojar? ¿No es mejor andar bien, sin pelear? No sé, parece que te gustara eso. Si, hacete el dormido, que te sale re bien. Cuando vos necesites a alguien, ahí voy a ser yo la que se haga la dormida.-
-Puta, loco, ¿me podés dejar dormir de una buena vez?-
-¿Viste que no estabas dormido? Sos patético como actor.-
-¡Estaba dormido, pero vos, con tus quejas y tu excelente papel de víctima, me despertaste!-
-Si, siempre soy yo la culpable de todo.-
Tos.
Otra tos.
-Bueno, che, ahora andá vos, yo fui recién.-
-Bueeeeno, la puta madre, carajo.-
-¿Encima se enoja? ¿Encima “él señor” tiene razón?-
Pasos que van a la habitación de Lucía.
La beba se vuelve a dormir, luego de muchísimo tiempo de golpecitos en la espalda y de una hamacada que casi duermen al hombre. El sueño se apodera de la niña y nuestro protagonista se dispone a dormir.
Suena la puerta de calle. La vos aquí se hace mucho más baja.
-Pablo, la puerta.-
-Si, ya sé que es la puerta.-
-¡¡Y levantate!!
Nuestro protagonista, de ahora en más, Pablo, camina hacia la puerta haciendo muy poco ruido. Hay dos muchachos que dialogan nerviosos mientras fuerzan la cerradura. Pablo dice en vos alta pero con mucho temor:
-¿¿Quién anda ahí??-
Los muchachos dejan lo que estaban haciendo y caminan rápidamente hacia cualquier lado, siempre juntos. Pablo vuelve a su cama y, le cuenta todo a Carla (su señora). La resaca hace mucho que quedó en el olvido. Llaman a la policía. Después de unos quince minutos, hace su aparición la fuerza pública.
-Buenas noches-
-Buenas noches, señor. ¿A qué se debe su llamada?
-Intentaron robarme.-
-¿no le robaron nada?-
-No…-
-¿Y qué quiere que hagamos?-
-Yo quería hacer la denuncia.-
-¿La denuncia de qué? No le robaron nada…-
-¿o sea que tengo que esperar a que me roben algo para hacer la denuncia?-
-Señor, no me falte el respeto.-
-Usted no me falte el respeto, es ilógico eso.-
-Aparte, para hacer la denuncia, tiene que saber el nombre de la persona que le vino robar, y eso…-
-¿O sea que, cuando me estén roban les tengo que preguntar cómo se llaman?-
-¿El señor se cree gracioso? Me parece que nos va a tener que acompañar-
-¿Qué, me está amenazando? Si me quiere llevar, lléveme, pero no me amenace.-
Pablo tiene frío. A su lado hay otro hombre, que no conoce y que lo mira con desconfianza, pero también con altanería. Parece que lleva varios ingresos a la seccional, no como nuestro protagonista, quien hace su primera visita a este lúgubre y poco estimulante lugar.
Recién podrá salir mañana, eso sí, a primera hora.
Ah, me olvidaba. Ahí tampoco pudo dormir.

seis paredes

Seis paredes

Ahí viene el cortejo.
Al frente sus dos hermanos. Detrás otros parientes, supongo. Adentro, ella. Ella, quien hace un par de días me llenó de sexo delirante y alcohol insolente. Ella, quien liberó mi pequeño mundo con banderas de alegría oscura y pasadizos profundos hacia un lejano e impiadoso mundo. Ella. Siempre Ella.
Recuerdo nuestros encuentros secretos en que nos mordíamos hasta sangrar, al ritmo de una danza perversa sobre mis piernas, al compás de sus gemidos. Nos gustaba dialogar con quienes van y viene, con quienes ya ninguna prisión encierra. La recuerdo gritando enloquecida, jugando a hundirse agujas, o gilletes, o cosas así. La veo lamer su sangre gozando de su dolor, como si ese fuera el brebaje más dulce, el elíxir de la inmortalidad.
Ahora su cuerpo está encerrado en seis paredes de madera.
Nadie me ve.
Ahí están los demás parientes. Veo sus lágrimas sucias y fingidas, caer abarrotadas de esas cremas que se ponen las viejas pobres pero presumidas. Veo a todos vestidos de negro. Me hacen pensar en cucarachas llevando un pequeño tesoro. Veo sus odios eternos, ahora justificados porque Ella los hace ensuciar en el barro al caminar.
Nunca nos entenderán. Ni antes, cuando nos reíamos embriagados y nos burlábamos de ellos, ni ahora. Antes no teníamos fronteras para cagarnos en lo que nos rodeaba. Ahora tampoco, pero “ahora” es distinto.
Los veo venir hacia donde estoy. Pensé que iban a enterrar su ataúd junto al mío, no sé porqué. Ni antes ni en estos momentos nos quieren juntos.
Nadie nos ve.
Ella toma mi mano y me pide que nos vayamos. Dice que le dan pena los entierros.