miércoles, 22 de julio de 2009

La inseguridad

Hay una vieja canción sonando en la radio. Yo la escucho y acaso te extraño. Acaso la escucho y te extraño.
Hay una noticia que señala que una camarera fue asesinada, tal vez por un violador que desde hace un tiempo está suelto por buen comportamiento. Esa camarera eras vos.
Veía tu imagen tan perfecta, casi rodeada por una jauría de lobos en medio del bosque. Eras como un oasis en el desierto, una virgen en un lupanar, un ápice de vida en medio del universo.
Necesitaba tanto que me amaras, tan solo importarte un poco.
Te veía ahí, tan lejana, a dos pasos de mí.
Sonaba música de fondo, los sonidos llenaban el lugar pero nada podía tapar el dolor que sentía. Fui una canción que no te importa, un miembro más del infinito grupo de los nadie, de los efímeros, de los “hola, ¿todo bien?”. Y no quería serlo. Me mortificaba que me ignoraras. Fui a esperarte y de nuevo fui nadie para vos. Me saludaste:
-hola, ¿todo bien?
Y me di cuenta. No era nadie. En este universo tan disímil para algunos somos estrellas, para otros, simples partículas de polvo.
Después no sé. Hay muchas cosas que no recuerdo, todo se me mezcla. En un momento dado corrí hacia mi casa. Sentía mis manos doloridas como después de una batalla, mínimamente hinchadas, casi sangrantes.
La policía busca a un ex preso por violación, están tras ese rastro. Todo el mundo tiene miedo. La inseguridad enloquece, ya no se puede salir a la calle.
Ojalá lo encuentren pronto. Hay tanto loco suelto por ahí.

lunes, 25 de mayo de 2009

¿Querés saber lo peor?

¿¿Querés saber lo peor de la rubia tarada que tanto odiás??
Que ni siquiera es rubia…-dije, cuando pensé que lo que decía te importaba.
Antes vos me hablabas de una rubia que te enfurecía y que te hacía acordar a Sumo mientras yo miraba irse un culo que no tenía nombre. Recuerdo todo lo que hice para no hablar de la discusión del día anterior pero tu noséqué pudo más, tenías que hablar de “eso” y ahí se pudrió todo.
¿No ves como la relación se va deshaciendo de a poquito? ¿No te da pena saberlo?
Cuando volvimos al hogar sé que ya no era todo como antes.
Nuestras miradas nos distanciaron tanto que cerrar los ojos hubiese sido lo más acertado.

jueves, 5 de marzo de 2009

Como una mosca

Hay una mosca que me estorba, me toquetea, me molesta, me jode, me rompe soberanamente las pelotas, se entromete en mi camino, interfiere en cada cosa que hago… Me tiene absolutamente harto. Ahora mismo quisiera deshacerme de ella y destruirla hasta que ya no quedara nada, hasta ver sus restos esparcidos por toda la casa, ese raro color rojizo que parece sangre brotar de sus entrañas, sus miembros esparcidos por cualquier sitio, su cabeza de pelota extraña deformada y aplastada,
Me pregunto de dónde le viene ese deseo imperioso de molestar, como si fuese su propósito en la vida, como el gran anhelo del fracasado, como el designio de quien ya no tiene más que infelicidad para regalar.
El pequeño estropajo me circunda queriendo acercarse. Quizá hasta ría al verme lanzando cachetazos inútiles, trompadas al aire, golpes que llegan con segundos de demora debido a mis frecuentes incursiones por el laberinto infinito del alcohol.
Qué sola estoy. Con este vacío, solo puedo aspirar a acariciar los brazos de un hombre que intenta hacerme daño. ¿No es demasiado injusta mi vida? No busco más que unos instantes de calma y un pequeño lugar de cobijo, a cambio solo recibo bofetadas que debo esquivar para sobrevivir y miradas de odio de parte del único ser que me hace compañía.
Me pregunto de dónde le viene ese deseo imperioso de sentirse molestado, como buscando una excusa para devastar la vida que lo rodea, como si fuese superior a mí, como si no marchásemos hacia el mismo lugar, como si su fortaleza le augurara una muerte más digna, una tierra llena de flores eternas, el paraíso de los poderosos…
Veo el sufrimiento del hombre y siento pena por él. Creo que muchas personas están condenados a vivir solas porque no se merecen la compañía de nadie… tal vez lo sepa y por eso intenta apagar ese pensamiento con tristes y baratas botellas de vino tinto. Quizá haya algo de competencia, de jactancia de poder, de ignorancia…
Qué fea manera de vivir… la de los dos. Unos momentos de violencia, unos puñetazos atinados y luego la tranquilidad y el silencio.
La sangre mancha el diario deportivo Olé justo en una página que no había leído, la pelota extraña se transforma en una cosa indefinida, casi molida. Separo los restos como un asesino principiante, como un carnicero que recién se inicia en la carrera.
Mi respiración comienza a normalizarse. No me siento mejor, solo más tranquilo. Levanto el vaso y brindo por este instante de paz.
La furia dirige su andar a la calle y deja su lugar a la muerte.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Versátil monotonía

El tipo sacó la pija de esa comarca mojada y medio peluda denominada “vagina” y se puso a mirar el partido. Bien sabía que su mujer caía rendida, casi fulminada por un rayo cada vez que la pasión la tocaba en el punto más profundo de su ser. En ese momento no debía acariciarla, ni siquiera rozarla. Cualquier cosa parecida la molestaba terriblemente.
Los Spurs ganaban por tres y Duncan erraba un doble que valía oro. Enfiló hacia el baño procurando no perder ninguna gota de sí mismo en el camino, se lavó con agua y jabón y se apresuró a mirar el minuto que faltaba de juego. Su mujer lo besó con labios de lujuria satisfecha y de mirá el básquet pero dormite rápido que mañana entro temprano a trabajar.
Cambió de canal, notó en los noticieros anunciaban que otro cura iba preso por violación, que la bonaerense volvía a sacarse un par de angelitos caídos de encima y que USA invadía un nuevo país, procurándose primero la odiosa costumbre de devorar uno puñado de niños como aperitivo. Pensó con triste gracia que no hay nada nuevo bajo el sol. Un cansancio de partido de fútbol le vino a golpear la puerta, mas él trató de pensar en la poca originalidad de los noticieros. Nunca hablaban de nada alegre o plácido. Pensó también en los espermatozoides que jamás serán personas, en la rubia hermosa que atiende el bar, que nunca le va a dar bola, en el aumento que no va a venir hasta que haga quilombo (que es como pedirle a un monje budista que se convierta en mercenario), en todas esas cosas que sangran pero no matan. Los pensamientos se volvieron melancolía barata.
Apagó la tele viendo cómo los Spurs ganaban el partido (cosa que no le produjo la más mínima alegría). Las mismas porquerías de siempre. El mundo se ordena de una manera siempre cambiante y a la vez monótona.
Se acostó al lado de su mujer y quiso sentir que el aroma que manaba de ella no era el mismo. Se puso a pensar en esa persona que siempre lo acompañaba, esa persona a la que desde chiquita le habían dicho que se llamaba de tal forma, que se amaba de tal manera, que para ser decente hay que ser así, o asá, que la realidad no acepta competencias, y cosas parecidas. Abrazó fuerte a su mujer y en esa caricia le hizo saber que ese mundo al que estaba tan acostumbrado, de alguna forma lo aterraba.

jueves, 5 de febrero de 2009

Ficción lamentablemente real

La cosa arrancó cuando fui invitado a leer un texto a un bar que ni siquiera conocía. El mismo estaba ubicado en una de esas aristas de la ciudad en la que años atrás han sucedido hechos sombríos, pero que ahora ni los fantasmas recuerdan.
Fuimos hasta allí con Lucía (siempre me acompaña, ya sea para animarme o para defenestrarme con las palabras más sanguinarias) y esperamos a ver qué pasaba.
Pedimos una cerveza, necesitaba bajar los decibeles neuróticos propios de una primera vez, y observé en silencio el ambiente. El dueño del bar y su ayudante bien podrían haber trabajado en una barata película cómica. Sus rostros parecían dos caricaturas vulgares. El patrón era un gordo con menos diez de cortesía, bullicioso como un uruguayo del interior, de esos tipos que solo son valientes con quienes consideran inferiores. Su subalterno era un flaco poco más que consumido con cara de obsecuente y muy bien entrenado en el arte de la alabanza. Casi corría ante los insistentes pedidos del porcino que lo gobernaba. Hubiese adulado una montaña de mierda si por eso le pagaban.
En las paredes había pinturas, algunas tristes, otras peores, y en el aire aún estaba latente el olor a pies de las personas que habían bailado tangos la noche anterior. El lugar se fue poblando de músicos con escasos acordes, pintores surrealistas hasta el hartazgo, escritores que sobreactuaban su papel y un par de mujercitas muy bellas, las únicas que hacían que valga la pena la cerveza pedorra y el lugar ídem.
Cuando me anunciaron, caminé hacia el paredón a paso lento y notoriamente inseguro. Leí un texto que a mi entender era el adecuado para ese entonces (“El ocaso”) y me entregué al público que me soportaba. Leía cada letra como con el temor de un testigo pagado, de un niño en su primer día de escuela, de un músico que hace mímica. Terminé de leer el cuento y esperé el aplauso unánime.
La desilusión fue atroz. Una vez que lograron entender que ya no iba a leer más, la audiencia comenzó lentamente a castigar sus pobres e inocentes manos con un compromiso indescifrable. Fue horroroso comprender que mi orgullo había sido destrozado por un texto que nadie entendió.
Cuando volví a sentarme, con un fuerte sentimiento de inconformismo y algo de resignación, observé que mi compañera no estaba en su lugar. Cuando logré ubicarla con la mirada, noté que llevaba una charla sumamente amigable con el segundo del bar, el adulador mercenario.
-es un amigo. Mañana te llamo, o te mando un mensajito, nos vemos.- me dijo, tal vez creyendo que ese saludo me iba a dejar medianamente conforme.
No recuerdo jamás haber dormido tan solo como aquella noche.

lunes, 2 de febrero de 2009

Una visita ilustre

Para Henry, quien vivió una historia parecida.

Ayer, 24 de diciembre, tarde a la noche, un viejito golpeó a la puerta de mi casa.
Juro que a veces me encanta pasar las fiestas solo, por una cuestión de respeto hacia mí mismo. No me gusta disfrazarme con la ropa de la cordialidad y sonreírles a algunos parientes que sé que me odian. De todas maneras justo en ese momento la soledad me jodía un poco, así que esta visita no me fue desagradable.
No era Papá Noel (es falso eso que todos los ancianos que aparecen el 24 de diciembre son Papá Noel), era un vagabundo.
Tenía la cara cubierta de una barba gris, una tristeza propia de aquellas personas a las cuales el cariño les resultó esquivo y hambre de algunos días. Su ropa era integral a su estado de ánimo y dejaba atisbos de olor desagradable a cada paso.
Golpeó, creo que sin demasiadas esperanzas. Me miró con algo de vergüenza, un ápice de ilusión y mucho de cansancio.
-¿No tiene algo que le sobre para comer?-
Creo que en estas fechas, por una cuestión de estupidez o tal vez culpa, casi todas las personas nos ponemos más caritativas, como si Dios, de existir, nos observara con más detenimiento.
Con bastante desconfianza le permití que entrara. Traje algo de pollo para los dos, comimos juntos (aunque mantuve una cierta distancia prudencial, de puro boludo, nomás) y nos pusimos a hablar... de fútbol.
Me contó que había sido futbolista. Al principio no le creí. Al final tampoco, pero su historia era bastante entretenida. Según él, había jugado en Almagro. Su sueño, como el de cualquier jugador, era llegar a la primera de su equipo, en su caso, River.
Al parecer tenía todo para cumplir su sueño. Era un 5 muy aguerrido, cabeceaba todo lo que le tiraban y a su falta de dominio la suplía con “huevos”. Los que lo vieron jugar decían que tenía más polenta que mostaza Merlo.
A los 20 años se había ido a probar a Racing, al técnico le había gustado, tenían un arreglo de palabras con los dirigentes… Para fin de año debía viajar a Avellaneda y ahí verían una posibilidad seria, quizás un contrato.
Un 12 de Noviembre su carrera se vio trunca para siempre. Faltaban quince minutos para terminar el partido cuando, en el equipo contrario, entra el “guadaña” Martínez. Todos dijeron que fueron a trabar. Mi narrador, me juró que el otro le tiró a partir. Si eso quiso, le salió bien. Le rompió la rodilla con tanta precisión que se temió que volviera a caminar.
De ahí en más nunca se volvió a saber de él. La tristeza lo fue venciendo de a poco hasta ganarle por goleada. Su familia no pudo sacarlo de la depresión, ni más tarde de la calle.
Viendo que el tipo era bueno contando historias, y que le gustaba el fútbol como a mí, decidí invitarlo todos los viernes (porque es el día que pasan un partido por el canal abierto) a mirar fútbol y a comer algo, lo que haya.
Antes de irse, el tipo manoteó algo de una bolsa que traía, lo sacó y me lo mostró. Era un brazalete de capitán, con las iniciales J.P., al lado del escudito de Almagro. Dicho esto, guardó su pequeño tesoro y enfiló hacia la puerta.
Me dijo que en una de esas volvía. Andá a saber.

sábado, 17 de enero de 2009

Al infierno en colectivo

El colectivo había demorado mucho más de lo debido, aproximadamente cuarenta minutos. Bien se sabe que los domingos hay que orarles a todos los santos para cumplan el horario estipulado… y que cuando por fin llegan, vienen atiborrados de personas enojadas por el amontonamiento, de hedores de lo más variados, y de los inevitables llantos de los párvulos.
Venía parado (como siempre que me agarra el ataque de “buen samaritano”), no miraba a casi nadie, salvo por una pasajera de remerita verde. Era todo lo que podía ver de ella además de su rostro. Al instante en que una señora se paró preparada para descender, corrí y me senté en el asiento vacío, sin importarme las caras odiosas de los otros pasajeros parados. Cerré los ojos para darle una excusa creíble a mi comportamiento. La obra teatral me salió tan verosímil que el sueño me venció, no sé en qué momento.
Una vez que me bajé de aquel detestable transporte público, mientras me dirigía a mi hogar, recordé que no había comido nada en todo el día, que me había levantado tan tarde que no había podido ni siquiera prepararme unos míseros mates. Apuré la marcha imaginando unos misericordiosos fideos, con bastante queso rayado, algo de choclos, arvejas o lo que hubiera en la heladera. Mi estómago empezaba a cantar su canción más desesperada.
Apenas llegué a la vereda de mi casa, escuché el televisor. Siempre lo dejo prendido, al igual que la luz, para que los ladrones crean que el lugar no está solo (realmente no creo que haya alguien tan estúpido como para pensar eso, pero bueno…). Ingresé la llave, la hice girar una, dos veces y abrí la puerta.
No pude creer lo que vi. Ahí, sentado, en mi lugar de lectura, había un hombre leyendo un libro. Transitaba con avidez las letras de “Historia de cronopios…” con la tranquilidad del descanso de un bebé. Ni siquiera se percató de mi presencia. Lo más increíble de todo era que ese hombre… era yo.
El miedo y el enigma se apoderaron tanto de mí que no pude más que quedarme parado adonde estaba, en el umbral de mi casa. Me vi leyendo plácidamente unas páginas del libro cuando, de atrás del pequeño panel de madera que separa la habitación del living, apareció Lucía, mi novia. Venía recién salida de un sueño profundo. Sus ojos así lo evidenciaban.
Se acercó a él, lo besó y le dijo que lo amaba. El hombre, frío y distante le contestó que estaba leyendo un libro, que no quería que lo molestaran. Lucía, triste y un poco molesta se volvió a la cama esperando que él vaya por ella. Luego de un rato (en que las emociones me turbaron, y el temor se burló de mi inercia) el hombre puso un papel a modo de separador y fue hacia donde ella lo esperaba.
Siempre parado en el mismo lugar sentí que mi alma lloraba desconsoladamente. Había algo de mirá qué imbécil que sos en ocasiones en todo aquello. Comencé a caminar sin rumbo definido esperando que la pesadilla terminara. En eso siento una voz fuerte y áspera que me dice:
-Eh, flaco, ¿vos dónde te bajás?

lunes, 12 de enero de 2009

Reencuentro

“Quién sabe porqué razón me anda buscando ese nombre”
Jorge Luis Borges.

No sé porqué me anda buscando tu nombre.
Quizá por una curiosa sensación de extrañar lo que jamás viví (¿lo que jamás viví?), quizá por un esfuerzo sobrehumano de buscar justicia donde no hubo ni habrá, por la imposibilidad de volver al momento en que las llamas, como un lobo hambriento, devoraban tu cuerpo desnudo y frágil.
No sé porqué la gente comienza a creen en una causa solo cuando alguien ya dio su vida por ella. Desde hace mucho tiempo se ha impuesto la moda de los mártires. Con esta antigua novedad se aplica que solo muriendo queda demostrado que “tal vez” fulano tenía razón.
No es mi caso. Mi problema es que no supe elegir correctamente el tiempo. Llegué tarde (aún hoy me pasa) una vez más y no pude protegerte.
Lamento que todo deba ser así. Lamento saber que para muchos, tu causa no sea más que una estatua de mármol en una plaza francesa, una canonización tardía (para variar) por la misma iglesia que te entregó cuando las guerras eran guerras, una película hollywoodense, una calle en alguna ciudad (no es para enorgullecerse, en mi país hay muchas arterias que tienen nombres de asesinos).
Si te recordara por tu último momento estaría haciendo un culto a la muerte; hay algo mucho más relevante que este: todos los anteriores, los que hicieron que tu nombre se conociera, los que hicieron que te busque y te encuentre, o me busques y me encuentres.
Tal vez no sea como pienso. Tal vez sea uno de los que te enjuició y pretenda lavar mi culpa con palabras, como la falacia de pedir perdón solo con la boca… pero si así fuera, ¿por qué te admiro tanto?
No lo sé ni lo sabré nunca, pero hay algo más. El hecho que estemos buscándonos me alegra profundamente. Tal vez la muerte sea una mentira.

jueves, 8 de enero de 2009

La broma asesina.

Ya sé cómo va a terminar esto. Vos vas a morir, o yo voy a morir… y no quiero que esto suceda. Es demasiado patético.
Hay quien dijo que la locura no es más que una salida de emergencia.
La sociedad ha decidido esconderme, quizá porque fracasó conmigo. Hace tanto daño ver “tocada” a una persona que hay que ocultarla para simular que no existe. Deberían saber que “no vale taparse los ojos en el tren fantasma”…
¿¿Hola, hay alguien en casa?? Un mal día. Todos tenemos un mal día. A vos un mal día te dejó disfrazado de murciélago, a mí en cambio me dejó teñido de colores obscenos y horrorosamente asesino. Pera la gota rebalsó el vaso, estamos agotando las alternativas.
Una gran matanza para que un manojo de personas se divierta un poco.
No sé qué es lo que les maravilla de ver un juego de gatos y ratones en el que ya todos saben el final. Hay algo de morbosidad y de histrionismo en ver que el bien siempre triunfa.
No sé qué es lo que los alegra.
Por lo pronto, te sugiero que protejas a G, dado que en su hogar adonde iremos hoy, que vengas sin policías, quiero que descubras la traición al final de la película, y que sigas actuado como hasta ahora. Tu papel es divertido.
No sé quién es el más desequilibrado en esta historia, si el héroe, el villano o el espectador.
Tendremos que entenderlo entre los dos, como siempre.

miércoles, 7 de enero de 2009

Exigua redención

Hay un ventilador a mi lado que hace que el aire me golpee casi como una pequeña bofetada. Silencio en la noche, “ya todo está en calma”, la ciudad duerme con un sueño de bebé, con la inocencia de un cachorrito, con la serenidad de la meditación bien ejercitada.
Hay alguien que duerme a mi lado, que tiene los ojos cerrados pero la mente despierta, expectante de mi cercanía, de una compañía que no es tal.
No sé porqué a veces resuelvo estar tan solo habiendo personas a mi alrededor. Tampoco sé porqué eso me hace sentir mal. Me veo como a un niño correteando por planetas desolados, por estrellas solitarias, por nebulosas sin un ápice de vida… sin embargo, hay alguien que me espera, que odia cada letra que tecleo, cada instante de incomunicación, cada olvido pequeño.
No te pedí nada. No quiero sentirme mal también hoy. Me encantaba estar solo y vos decidiste acompañarme. No te fui a buscar. Que te ame no es una excusa, que me ames tampoco. ¿Por qué todo este micro universo es tan complicado? Mi cobardía a la orden del día, mi pobre temor añejo y gastado.
No gano nada extrañando lo que era para lamentar lo que soy. Tampoco sirve imaginar lo que seré con vos, lo que sería sin vos…
El aire del ventilador, que está en su máximo nivel, y una almohada ocultan sollozos mal contenidos que se me van clavando como pequeñas agujas envenenadas. Con el corazón embargado por la culpa camino apresurado hacia el lecho esperando perdonarme, sentirme menos imbécil.