Habíamos hecho un pacto secreto de no agresión. Si bien nos limitábamos a ignorarnos, a simular que el otro no existía, sabíamos bien el horario en que uno no debía entrar en territorio ajeno, pero esto tuvo un final. Y fue mi culpa.
Muy pocos en la ciudad conocen a los terápletos. Se me ha dicho, creo que con absoluta razón, que no se los conoce hasta que se los padece. No es que sean, malos, no. Simplemente son torpes, asquerosos y molestos, esto dicho libre de prejuicios.
A veces, con el fin de ocultarse, corren a toda velocidad, con sus patitas rozaditas y pequeñas y se interponen en el camino de quien tiene la desgracia de levantarse de madrugada y pisotearlos sin querer… porque querer… a esos bichos nunca es grato pisarlos. Son muy babosos, tienen la piel cubierta de una saliva blanca que se adhiere a cualquier superficie. Además, esa secreción tiene un olor tan nauseabundo y fuerte, que cuando uno se lava, parece que no ha de irse, que quedará impregnado para siempre… es horrible. Por las noches salen en busca de alimentos porque es el momento en que nadie los molesta. Es en ese momento en que se producen los accidentes domésticos que casi siempre terminan con la muerte de un terópleto
Poniéndome en su lugar, que de la nada un pie se posesione sobre uno, debe ser un tema para tratar con el psiquiatra.
Cumplir un pacto tiene su precio. He debido recurrir a estrategias sumamente vergonzosas, por ejemplo, he debido resistir hasta las primeras horas de la mañana para poder ir a ese lugar de filosofía profunda y de literatura variada denominado “baño” para desahogar mis riñones. He recurrido a todo tipo de estratagemas para evitar ese sitio, pero hay ocasiones en las que uno no puede elegir.
Ayer fue uno de esos días.
La razón fue simple y vulgar: una cena con amigos. Trajeron una guitarra y algunas empanadas. Procuramos canciones del siempre vigente rock nacional. Después de la segunda cerveza, el tráfico hacia el baño se tornó más transitado, ni hablemos después de la quinta. Hasta ahí, no hubo problemas. El momento fatídico se produjo de madrugada, cuando mi estómago hervía.
Me levanté sigiloso y obligado, con los últimos segundos de un presuroso lago de orina asomando por la compuerta de la vejiga. De haber podido elegir otro sitio, no habría dudado. El último refugio (el jardín de la entrada de mi casa) ya fue descubierto por la vecina de enfrente. No tenía escapatoria. Prendí la luz esperando que se oculten, ya al límite de la contingencia. Caminé lento, controlando cada movimiento, haciendo de mis pies un par de nuevos sentidos. Me vi llegar al inodoro, anhelante allá, a pocos metros de distancia, como una gran isla en el medio del océano pacífico. Era el último paso, previo a acomodar mis carnes sobre el blanco opaco del plástico cuando justo, de la nada, apareció un terópleto.
Lo pisé.
Mis pies, como brutales mazas, aplastaron al infortunado ser y le dieron de baja en el mundo de los vivos.
De más está decir que regué mis piernas con mis desperdicios líquidos. De más está decir que mi compañera de cama no me dejó volver a recostarme junto a ella. De más está decir que debí bañarme de madrugada para escaparle a la infernal prisión de la pestilencia propia y de la forastera.
La venganza de un muerto suele tener la más grandiosa de las crueldades.
Reescrituras
Hace 7 años