martes, 18 de noviembre de 2008

Pacto quebrado

Habíamos hecho un pacto secreto de no agresión. Si bien nos limitábamos a ignorarnos, a simular que el otro no existía, sabíamos bien el horario en que uno no debía entrar en territorio ajeno, pero esto tuvo un final. Y fue mi culpa.
Muy pocos en la ciudad conocen a los terápletos. Se me ha dicho, creo que con absoluta razón, que no se los conoce hasta que se los padece. No es que sean, malos, no. Simplemente son torpes, asquerosos y molestos, esto dicho libre de prejuicios.
A veces, con el fin de ocultarse, corren a toda velocidad, con sus patitas rozaditas y pequeñas y se interponen en el camino de quien tiene la desgracia de levantarse de madrugada y pisotearlos sin querer… porque querer… a esos bichos nunca es grato pisarlos. Son muy babosos, tienen la piel cubierta de una saliva blanca que se adhiere a cualquier superficie. Además, esa secreción tiene un olor tan nauseabundo y fuerte, que cuando uno se lava, parece que no ha de irse, que quedará impregnado para siempre… es horrible. Por las noches salen en busca de alimentos porque es el momento en que nadie los molesta. Es en ese momento en que se producen los accidentes domésticos que casi siempre terminan con la muerte de un terópleto
Poniéndome en su lugar, que de la nada un pie se posesione sobre uno, debe ser un tema para tratar con el psiquiatra.
Cumplir un pacto tiene su precio. He debido recurrir a estrategias sumamente vergonzosas, por ejemplo, he debido resistir hasta las primeras horas de la mañana para poder ir a ese lugar de filosofía profunda y de literatura variada denominado “baño” para desahogar mis riñones. He recurrido a todo tipo de estratagemas para evitar ese sitio, pero hay ocasiones en las que uno no puede elegir.
Ayer fue uno de esos días.
La razón fue simple y vulgar: una cena con amigos. Trajeron una guitarra y algunas empanadas. Procuramos canciones del siempre vigente rock nacional. Después de la segunda cerveza, el tráfico hacia el baño se tornó más transitado, ni hablemos después de la quinta. Hasta ahí, no hubo problemas. El momento fatídico se produjo de madrugada, cuando mi estómago hervía.
Me levanté sigiloso y obligado, con los últimos segundos de un presuroso lago de orina asomando por la compuerta de la vejiga. De haber podido elegir otro sitio, no habría dudado. El último refugio (el jardín de la entrada de mi casa) ya fue descubierto por la vecina de enfrente. No tenía escapatoria. Prendí la luz esperando que se oculten, ya al límite de la contingencia. Caminé lento, controlando cada movimiento, haciendo de mis pies un par de nuevos sentidos. Me vi llegar al inodoro, anhelante allá, a pocos metros de distancia, como una gran isla en el medio del océano pacífico. Era el último paso, previo a acomodar mis carnes sobre el blanco opaco del plástico cuando justo, de la nada, apareció un terópleto.
Lo pisé.
Mis pies, como brutales mazas, aplastaron al infortunado ser y le dieron de baja en el mundo de los vivos.
De más está decir que regué mis piernas con mis desperdicios líquidos. De más está decir que mi compañera de cama no me dejó volver a recostarme junto a ella. De más está decir que debí bañarme de madrugada para escaparle a la infernal prisión de la pestilencia propia y de la forastera.
La venganza de un muerto suele tener la más grandiosa de las crueldades.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Final trapo sucio

El tipo entró en el kiosco dejándome un charco de sangre a cada paso. Se veía nervioso. Su corazón golpeaba como el percutor de un revolver, dado que el líquido vital que brotaba de su cuerpo pedía a gritos conocer el aire, conocer la luz, conocer su propia perdición.
-“¿No tenés una curita?”, -me preguntó, nervioso y avergonzado a la vez.
-“No”. -Le dije.
Tenía, pero el infeliz me estaba llenando de roña todo el local.
Se marchó llevándose consigo todo ese reguero nauseabundo y asqueroso de su propia vida desmontándose lentamente. Al llegar a la puerta miró hacia atrás, como queriendo despedirse de su esencia que iba quedando en el camino. Como queriendo recordar lo que él era, cruzó el umbral y se fue para nunca volver.
Enjuagada con un trapo sucio y hediondo se fue la vida de una persona.

Girando sobre rueditas de metal

Te invaden.
De un día para el otro tu vida cambia para siempre.
Ves esos bombones de crema moverse de aquí para allá apenas prendés la luz y ¿no te da un poquito de asco sentir el “ccchhh” al pisarlos?
El primer día en que los ves te das cuenta que no hay vuelta atrás. Si no los vieras, no habría problema. Seguirías siendo sucio pero ignorante, de modo que no sería tan grave. Ahora, si los ves comienza tu martirio.
Le preguntás a algunos conocidos –los más cercanos- acerca de posibles soluciones y comienza toda una procesión por lugares que huelen a veneno, a alpiste y que tienen jaulas colgadas para exhibición donde duran ratones girando sobre rueditas (y es así como te sentís, pero apurás el paso para no reconocerlo). Hacés averiguaciones con la esperanza de un futuro satisfactorio, como si tuvieses alguna posibilidad…
La segunda etapa se caracteriza por lo que algunos denominan “ensayo-error” y otros (los más realistas y a su vez, pesimistas) círculo vicioso. Probás de todo para alejarlos de tu casa… todo lo que te aconsejaron… todo sin éxito. La casa se llena de olores fétidos, de trampas metódicas, de elíxires asombrosos aunque, invariablemente, sabés bien que nunca tendrás ningún tipo de éxito.
Te sabés invadido. Peleás con todas las armas (de destrucción masiva pero permitidas, no te preocupes-), tratás de hacerles frente poniendo en juego miles de año de evolución, gastás más plata que una película norteamericana y das todo lo que tenés, pero en el fondo sabés que tu renuncia es inminente. Sabés que se ocultarán algún tiempo, que reirán a tus espaldas, que practicarás una sonrisa auto-complaciente y que vivirás el día a día en una casa que Ellos te prestan a vos.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Lucía y yo

Lucía y yo

Los ángeles del sueño se niegan a venir.
En la cama de al lado, lucía duerme con el mismo candor que cuando tenía tres meses.
Duerme pero espera.
Aquí yo divago y pienso, imagino y me demoro un poco más, tal vez para que la expectativa arda suavemente, para que cada instante de separación haga de oro cada segundo de unión.
Afuera alguien teme y cierra bien su puerta, con la cerradura más poderosa y cara que ha podido hallar.

Aquí hay dos almas que deciden fusionarse a cada momento;
dos corazones que laten al unísono;
dos inconscientes con un mismo sueño;
dos actualidades con un futuro en común.

Lo más maravilloso que poseemos es lo que nos une a los demás.

El ocaso

El ocaso

Un fuerte dolor de cabeza.
Bebo un poco de alcohol y pienso en la cantidad de botellas de desinfectante que debo comprar para que se vaya todo este olor nauseabundo de mi casa. Es una hediondez casi escandalosa. Mi vecina de enfrente camina junto a su hija mayor, y le comenta que “la pestilencia llega hasta su casa”. La chica sonríe pero solo por compromiso: es que era su madre la que había hecho semejante broma.
Mis manos casi no siguen mis instrucciones. Es como si mis fuerzas me estuviesen abandonando. Con mucho esfuerzo me toco la cabeza para comprobar una posible fiebre. No. No es eso. Solo dolor y más dolor. Me viene un mareo, pero no es de los que provienen del alcohol, algo que parece que el mundo da vueltas, que nada tiene orden, que el escaso margen de poder que tenés sobre tu vida se te va sin permiso. No, Es un mareo que no se detiene, que nace en el interior de mi mente pero se va apoderando de todo lo demás.
Comienza a nacerme una sensación de soledad, de esas que uno padece cuando se enferma.
Una lluvia de recuerdos viene a mí. Un individuo pequeño, marido de una chica que me frecuenta. Ella a su lado grita como loca. El hombre me putea y me amenaza. Los dos lloran. La infernal presencia de un arma. Él sale corriendo de mi casa. Todo muy confuso.
Miro la televisión. Pongo los pies sobre la silla de enfrente, no sé qué hay en el suelo, pegajoso y sucio, con aroma dulzón. No tengo ganas de limpiar. En el aparato hay noticias de muertes, violaciones, luchas de poder y fútbol. Me viene un sueño poderoso que parece conquistar todos mis sentidos.
Apago el televisor y me veo a mí mismo con mi cara apoyada sobre la mesa. Tal vez sería mejor decir “lo que queda de mi cara”. Prendo el aparato de nuevo. Tal vez esta pesadilla pase rápido, tal vez este dolor de cabeza desaparezca pronto, tal vez mi cuerpo responda mis órdenes. Tal vez todo lo malo desaparezca, como va desapareciendo mi mundo, desvaneciéndose como un sueño, como un suspiro, como una promesa.