El tipo sacó la pija de esa comarca mojada y medio peluda denominada “vagina” y se puso a mirar el partido. Bien sabía que su mujer caía rendida, casi fulminada por un rayo cada vez que la pasión la tocaba en el punto más profundo de su ser. En ese momento no debía acariciarla, ni siquiera rozarla. Cualquier cosa parecida la molestaba terriblemente.
Los Spurs ganaban por tres y Duncan erraba un doble que valía oro. Enfiló hacia el baño procurando no perder ninguna gota de sí mismo en el camino, se lavó con agua y jabón y se apresuró a mirar el minuto que faltaba de juego. Su mujer lo besó con labios de lujuria satisfecha y de mirá el básquet pero dormite rápido que mañana entro temprano a trabajar.
Cambió de canal, notó en los noticieros anunciaban que otro cura iba preso por violación, que la bonaerense volvía a sacarse un par de angelitos caídos de encima y que USA invadía un nuevo país, procurándose primero la odiosa costumbre de devorar uno puñado de niños como aperitivo. Pensó con triste gracia que no hay nada nuevo bajo el sol. Un cansancio de partido de fútbol le vino a golpear la puerta, mas él trató de pensar en la poca originalidad de los noticieros. Nunca hablaban de nada alegre o plácido. Pensó también en los espermatozoides que jamás serán personas, en la rubia hermosa que atiende el bar, que nunca le va a dar bola, en el aumento que no va a venir hasta que haga quilombo (que es como pedirle a un monje budista que se convierta en mercenario), en todas esas cosas que sangran pero no matan. Los pensamientos se volvieron melancolía barata.
Apagó la tele viendo cómo los Spurs ganaban el partido (cosa que no le produjo la más mínima alegría). Las mismas porquerías de siempre. El mundo se ordena de una manera siempre cambiante y a la vez monótona.
Se acostó al lado de su mujer y quiso sentir que el aroma que manaba de ella no era el mismo. Se puso a pensar en esa persona que siempre lo acompañaba, esa persona a la que desde chiquita le habían dicho que se llamaba de tal forma, que se amaba de tal manera, que para ser decente hay que ser así, o asá, que la realidad no acepta competencias, y cosas parecidas. Abrazó fuerte a su mujer y en esa caricia le hizo saber que ese mundo al que estaba tan acostumbrado, de alguna forma lo aterraba.
Los Spurs ganaban por tres y Duncan erraba un doble que valía oro. Enfiló hacia el baño procurando no perder ninguna gota de sí mismo en el camino, se lavó con agua y jabón y se apresuró a mirar el minuto que faltaba de juego. Su mujer lo besó con labios de lujuria satisfecha y de mirá el básquet pero dormite rápido que mañana entro temprano a trabajar.
Cambió de canal, notó en los noticieros anunciaban que otro cura iba preso por violación, que la bonaerense volvía a sacarse un par de angelitos caídos de encima y que USA invadía un nuevo país, procurándose primero la odiosa costumbre de devorar uno puñado de niños como aperitivo. Pensó con triste gracia que no hay nada nuevo bajo el sol. Un cansancio de partido de fútbol le vino a golpear la puerta, mas él trató de pensar en la poca originalidad de los noticieros. Nunca hablaban de nada alegre o plácido. Pensó también en los espermatozoides que jamás serán personas, en la rubia hermosa que atiende el bar, que nunca le va a dar bola, en el aumento que no va a venir hasta que haga quilombo (que es como pedirle a un monje budista que se convierta en mercenario), en todas esas cosas que sangran pero no matan. Los pensamientos se volvieron melancolía barata.
Apagó la tele viendo cómo los Spurs ganaban el partido (cosa que no le produjo la más mínima alegría). Las mismas porquerías de siempre. El mundo se ordena de una manera siempre cambiante y a la vez monótona.
Se acostó al lado de su mujer y quiso sentir que el aroma que manaba de ella no era el mismo. Se puso a pensar en esa persona que siempre lo acompañaba, esa persona a la que desde chiquita le habían dicho que se llamaba de tal forma, que se amaba de tal manera, que para ser decente hay que ser así, o asá, que la realidad no acepta competencias, y cosas parecidas. Abrazó fuerte a su mujer y en esa caricia le hizo saber que ese mundo al que estaba tan acostumbrado, de alguna forma lo aterraba.