miércoles, 25 de febrero de 2009

Versátil monotonía

El tipo sacó la pija de esa comarca mojada y medio peluda denominada “vagina” y se puso a mirar el partido. Bien sabía que su mujer caía rendida, casi fulminada por un rayo cada vez que la pasión la tocaba en el punto más profundo de su ser. En ese momento no debía acariciarla, ni siquiera rozarla. Cualquier cosa parecida la molestaba terriblemente.
Los Spurs ganaban por tres y Duncan erraba un doble que valía oro. Enfiló hacia el baño procurando no perder ninguna gota de sí mismo en el camino, se lavó con agua y jabón y se apresuró a mirar el minuto que faltaba de juego. Su mujer lo besó con labios de lujuria satisfecha y de mirá el básquet pero dormite rápido que mañana entro temprano a trabajar.
Cambió de canal, notó en los noticieros anunciaban que otro cura iba preso por violación, que la bonaerense volvía a sacarse un par de angelitos caídos de encima y que USA invadía un nuevo país, procurándose primero la odiosa costumbre de devorar uno puñado de niños como aperitivo. Pensó con triste gracia que no hay nada nuevo bajo el sol. Un cansancio de partido de fútbol le vino a golpear la puerta, mas él trató de pensar en la poca originalidad de los noticieros. Nunca hablaban de nada alegre o plácido. Pensó también en los espermatozoides que jamás serán personas, en la rubia hermosa que atiende el bar, que nunca le va a dar bola, en el aumento que no va a venir hasta que haga quilombo (que es como pedirle a un monje budista que se convierta en mercenario), en todas esas cosas que sangran pero no matan. Los pensamientos se volvieron melancolía barata.
Apagó la tele viendo cómo los Spurs ganaban el partido (cosa que no le produjo la más mínima alegría). Las mismas porquerías de siempre. El mundo se ordena de una manera siempre cambiante y a la vez monótona.
Se acostó al lado de su mujer y quiso sentir que el aroma que manaba de ella no era el mismo. Se puso a pensar en esa persona que siempre lo acompañaba, esa persona a la que desde chiquita le habían dicho que se llamaba de tal forma, que se amaba de tal manera, que para ser decente hay que ser así, o asá, que la realidad no acepta competencias, y cosas parecidas. Abrazó fuerte a su mujer y en esa caricia le hizo saber que ese mundo al que estaba tan acostumbrado, de alguna forma lo aterraba.

jueves, 5 de febrero de 2009

Ficción lamentablemente real

La cosa arrancó cuando fui invitado a leer un texto a un bar que ni siquiera conocía. El mismo estaba ubicado en una de esas aristas de la ciudad en la que años atrás han sucedido hechos sombríos, pero que ahora ni los fantasmas recuerdan.
Fuimos hasta allí con Lucía (siempre me acompaña, ya sea para animarme o para defenestrarme con las palabras más sanguinarias) y esperamos a ver qué pasaba.
Pedimos una cerveza, necesitaba bajar los decibeles neuróticos propios de una primera vez, y observé en silencio el ambiente. El dueño del bar y su ayudante bien podrían haber trabajado en una barata película cómica. Sus rostros parecían dos caricaturas vulgares. El patrón era un gordo con menos diez de cortesía, bullicioso como un uruguayo del interior, de esos tipos que solo son valientes con quienes consideran inferiores. Su subalterno era un flaco poco más que consumido con cara de obsecuente y muy bien entrenado en el arte de la alabanza. Casi corría ante los insistentes pedidos del porcino que lo gobernaba. Hubiese adulado una montaña de mierda si por eso le pagaban.
En las paredes había pinturas, algunas tristes, otras peores, y en el aire aún estaba latente el olor a pies de las personas que habían bailado tangos la noche anterior. El lugar se fue poblando de músicos con escasos acordes, pintores surrealistas hasta el hartazgo, escritores que sobreactuaban su papel y un par de mujercitas muy bellas, las únicas que hacían que valga la pena la cerveza pedorra y el lugar ídem.
Cuando me anunciaron, caminé hacia el paredón a paso lento y notoriamente inseguro. Leí un texto que a mi entender era el adecuado para ese entonces (“El ocaso”) y me entregué al público que me soportaba. Leía cada letra como con el temor de un testigo pagado, de un niño en su primer día de escuela, de un músico que hace mímica. Terminé de leer el cuento y esperé el aplauso unánime.
La desilusión fue atroz. Una vez que lograron entender que ya no iba a leer más, la audiencia comenzó lentamente a castigar sus pobres e inocentes manos con un compromiso indescifrable. Fue horroroso comprender que mi orgullo había sido destrozado por un texto que nadie entendió.
Cuando volví a sentarme, con un fuerte sentimiento de inconformismo y algo de resignación, observé que mi compañera no estaba en su lugar. Cuando logré ubicarla con la mirada, noté que llevaba una charla sumamente amigable con el segundo del bar, el adulador mercenario.
-es un amigo. Mañana te llamo, o te mando un mensajito, nos vemos.- me dijo, tal vez creyendo que ese saludo me iba a dejar medianamente conforme.
No recuerdo jamás haber dormido tan solo como aquella noche.

lunes, 2 de febrero de 2009

Una visita ilustre

Para Henry, quien vivió una historia parecida.

Ayer, 24 de diciembre, tarde a la noche, un viejito golpeó a la puerta de mi casa.
Juro que a veces me encanta pasar las fiestas solo, por una cuestión de respeto hacia mí mismo. No me gusta disfrazarme con la ropa de la cordialidad y sonreírles a algunos parientes que sé que me odian. De todas maneras justo en ese momento la soledad me jodía un poco, así que esta visita no me fue desagradable.
No era Papá Noel (es falso eso que todos los ancianos que aparecen el 24 de diciembre son Papá Noel), era un vagabundo.
Tenía la cara cubierta de una barba gris, una tristeza propia de aquellas personas a las cuales el cariño les resultó esquivo y hambre de algunos días. Su ropa era integral a su estado de ánimo y dejaba atisbos de olor desagradable a cada paso.
Golpeó, creo que sin demasiadas esperanzas. Me miró con algo de vergüenza, un ápice de ilusión y mucho de cansancio.
-¿No tiene algo que le sobre para comer?-
Creo que en estas fechas, por una cuestión de estupidez o tal vez culpa, casi todas las personas nos ponemos más caritativas, como si Dios, de existir, nos observara con más detenimiento.
Con bastante desconfianza le permití que entrara. Traje algo de pollo para los dos, comimos juntos (aunque mantuve una cierta distancia prudencial, de puro boludo, nomás) y nos pusimos a hablar... de fútbol.
Me contó que había sido futbolista. Al principio no le creí. Al final tampoco, pero su historia era bastante entretenida. Según él, había jugado en Almagro. Su sueño, como el de cualquier jugador, era llegar a la primera de su equipo, en su caso, River.
Al parecer tenía todo para cumplir su sueño. Era un 5 muy aguerrido, cabeceaba todo lo que le tiraban y a su falta de dominio la suplía con “huevos”. Los que lo vieron jugar decían que tenía más polenta que mostaza Merlo.
A los 20 años se había ido a probar a Racing, al técnico le había gustado, tenían un arreglo de palabras con los dirigentes… Para fin de año debía viajar a Avellaneda y ahí verían una posibilidad seria, quizás un contrato.
Un 12 de Noviembre su carrera se vio trunca para siempre. Faltaban quince minutos para terminar el partido cuando, en el equipo contrario, entra el “guadaña” Martínez. Todos dijeron que fueron a trabar. Mi narrador, me juró que el otro le tiró a partir. Si eso quiso, le salió bien. Le rompió la rodilla con tanta precisión que se temió que volviera a caminar.
De ahí en más nunca se volvió a saber de él. La tristeza lo fue venciendo de a poco hasta ganarle por goleada. Su familia no pudo sacarlo de la depresión, ni más tarde de la calle.
Viendo que el tipo era bueno contando historias, y que le gustaba el fútbol como a mí, decidí invitarlo todos los viernes (porque es el día que pasan un partido por el canal abierto) a mirar fútbol y a comer algo, lo que haya.
Antes de irse, el tipo manoteó algo de una bolsa que traía, lo sacó y me lo mostró. Era un brazalete de capitán, con las iniciales J.P., al lado del escudito de Almagro. Dicho esto, guardó su pequeño tesoro y enfiló hacia la puerta.
Me dijo que en una de esas volvía. Andá a saber.