jueves, 5 de febrero de 2009

Ficción lamentablemente real

La cosa arrancó cuando fui invitado a leer un texto a un bar que ni siquiera conocía. El mismo estaba ubicado en una de esas aristas de la ciudad en la que años atrás han sucedido hechos sombríos, pero que ahora ni los fantasmas recuerdan.
Fuimos hasta allí con Lucía (siempre me acompaña, ya sea para animarme o para defenestrarme con las palabras más sanguinarias) y esperamos a ver qué pasaba.
Pedimos una cerveza, necesitaba bajar los decibeles neuróticos propios de una primera vez, y observé en silencio el ambiente. El dueño del bar y su ayudante bien podrían haber trabajado en una barata película cómica. Sus rostros parecían dos caricaturas vulgares. El patrón era un gordo con menos diez de cortesía, bullicioso como un uruguayo del interior, de esos tipos que solo son valientes con quienes consideran inferiores. Su subalterno era un flaco poco más que consumido con cara de obsecuente y muy bien entrenado en el arte de la alabanza. Casi corría ante los insistentes pedidos del porcino que lo gobernaba. Hubiese adulado una montaña de mierda si por eso le pagaban.
En las paredes había pinturas, algunas tristes, otras peores, y en el aire aún estaba latente el olor a pies de las personas que habían bailado tangos la noche anterior. El lugar se fue poblando de músicos con escasos acordes, pintores surrealistas hasta el hartazgo, escritores que sobreactuaban su papel y un par de mujercitas muy bellas, las únicas que hacían que valga la pena la cerveza pedorra y el lugar ídem.
Cuando me anunciaron, caminé hacia el paredón a paso lento y notoriamente inseguro. Leí un texto que a mi entender era el adecuado para ese entonces (“El ocaso”) y me entregué al público que me soportaba. Leía cada letra como con el temor de un testigo pagado, de un niño en su primer día de escuela, de un músico que hace mímica. Terminé de leer el cuento y esperé el aplauso unánime.
La desilusión fue atroz. Una vez que lograron entender que ya no iba a leer más, la audiencia comenzó lentamente a castigar sus pobres e inocentes manos con un compromiso indescifrable. Fue horroroso comprender que mi orgullo había sido destrozado por un texto que nadie entendió.
Cuando volví a sentarme, con un fuerte sentimiento de inconformismo y algo de resignación, observé que mi compañera no estaba en su lugar. Cuando logré ubicarla con la mirada, noté que llevaba una charla sumamente amigable con el segundo del bar, el adulador mercenario.
-es un amigo. Mañana te llamo, o te mando un mensajito, nos vemos.- me dijo, tal vez creyendo que ese saludo me iba a dejar medianamente conforme.
No recuerdo jamás haber dormido tan solo como aquella noche.

4 comentarios:

mario skan dijo...

Morgan Ud. si que sabe describir un bar donde no poner el pie, y es verdad, los dueños de bares suelen ser patéticos sino, sus clientes, esos que se sientan en la barra y que bufan cuando no les gusta algo.

muy bueno,

Mystica dijo...

Excelente descripción, Morgan, me encantó.
Te cuento algo, yo como actriz jamás espero el aplauso del público, en general suele ser mentiroso. Me alcanza con mi propia evaluación de mi desempeño que casi nunca concuerda con la intensidad del aplauso. Un beso.

e. r. dijo...

hola Morgan, un placer conocerlo. Mire, un día le contaré cómo fueron las únicas lecturas en las que participé: hasta me tiraron puchos, y me dijeron boludo, callá tus pelotudeces, invitame tu cerveza porque mientras leés no vas poder tomar e, incluso, volvieron a invitarme al mismo lugar para otras veces. Quedé espantado, pero volví, y siguieron los insultos, pero a la larga ya no importa, está bueno porque a veces pasa alguno, que por supuesto no sería yo, uno como ud. por ejemplo, que lee algo fascinante. Fuerza y siga dándole, que el humor es el gran compañero siempre. Saludos

Morgan dijo...

Mariano: muchas gracias por tus comentarios, es verdad lo de los clientes, no lo había pensado. Muchas gracias. Un abrazo.
Cordelia: tenés razón, es que era mi debut como lector... ahora me la tomo con humor. Un besito.
e.r.: muchísimas gracias por tus consejos, habrá que seguir a pesar de todo. Bienvenido a mi pequeño mundo. Un abrazo.