sábado, 17 de enero de 2009

Al infierno en colectivo

El colectivo había demorado mucho más de lo debido, aproximadamente cuarenta minutos. Bien se sabe que los domingos hay que orarles a todos los santos para cumplan el horario estipulado… y que cuando por fin llegan, vienen atiborrados de personas enojadas por el amontonamiento, de hedores de lo más variados, y de los inevitables llantos de los párvulos.
Venía parado (como siempre que me agarra el ataque de “buen samaritano”), no miraba a casi nadie, salvo por una pasajera de remerita verde. Era todo lo que podía ver de ella además de su rostro. Al instante en que una señora se paró preparada para descender, corrí y me senté en el asiento vacío, sin importarme las caras odiosas de los otros pasajeros parados. Cerré los ojos para darle una excusa creíble a mi comportamiento. La obra teatral me salió tan verosímil que el sueño me venció, no sé en qué momento.
Una vez que me bajé de aquel detestable transporte público, mientras me dirigía a mi hogar, recordé que no había comido nada en todo el día, que me había levantado tan tarde que no había podido ni siquiera prepararme unos míseros mates. Apuré la marcha imaginando unos misericordiosos fideos, con bastante queso rayado, algo de choclos, arvejas o lo que hubiera en la heladera. Mi estómago empezaba a cantar su canción más desesperada.
Apenas llegué a la vereda de mi casa, escuché el televisor. Siempre lo dejo prendido, al igual que la luz, para que los ladrones crean que el lugar no está solo (realmente no creo que haya alguien tan estúpido como para pensar eso, pero bueno…). Ingresé la llave, la hice girar una, dos veces y abrí la puerta.
No pude creer lo que vi. Ahí, sentado, en mi lugar de lectura, había un hombre leyendo un libro. Transitaba con avidez las letras de “Historia de cronopios…” con la tranquilidad del descanso de un bebé. Ni siquiera se percató de mi presencia. Lo más increíble de todo era que ese hombre… era yo.
El miedo y el enigma se apoderaron tanto de mí que no pude más que quedarme parado adonde estaba, en el umbral de mi casa. Me vi leyendo plácidamente unas páginas del libro cuando, de atrás del pequeño panel de madera que separa la habitación del living, apareció Lucía, mi novia. Venía recién salida de un sueño profundo. Sus ojos así lo evidenciaban.
Se acercó a él, lo besó y le dijo que lo amaba. El hombre, frío y distante le contestó que estaba leyendo un libro, que no quería que lo molestaran. Lucía, triste y un poco molesta se volvió a la cama esperando que él vaya por ella. Luego de un rato (en que las emociones me turbaron, y el temor se burló de mi inercia) el hombre puso un papel a modo de separador y fue hacia donde ella lo esperaba.
Siempre parado en el mismo lugar sentí que mi alma lloraba desconsoladamente. Había algo de mirá qué imbécil que sos en ocasiones en todo aquello. Comencé a caminar sin rumbo definido esperando que la pesadilla terminara. En eso siento una voz fuerte y áspera que me dice:
-Eh, flaco, ¿vos dónde te bajás?

lunes, 12 de enero de 2009

Reencuentro

“Quién sabe porqué razón me anda buscando ese nombre”
Jorge Luis Borges.

No sé porqué me anda buscando tu nombre.
Quizá por una curiosa sensación de extrañar lo que jamás viví (¿lo que jamás viví?), quizá por un esfuerzo sobrehumano de buscar justicia donde no hubo ni habrá, por la imposibilidad de volver al momento en que las llamas, como un lobo hambriento, devoraban tu cuerpo desnudo y frágil.
No sé porqué la gente comienza a creen en una causa solo cuando alguien ya dio su vida por ella. Desde hace mucho tiempo se ha impuesto la moda de los mártires. Con esta antigua novedad se aplica que solo muriendo queda demostrado que “tal vez” fulano tenía razón.
No es mi caso. Mi problema es que no supe elegir correctamente el tiempo. Llegué tarde (aún hoy me pasa) una vez más y no pude protegerte.
Lamento que todo deba ser así. Lamento saber que para muchos, tu causa no sea más que una estatua de mármol en una plaza francesa, una canonización tardía (para variar) por la misma iglesia que te entregó cuando las guerras eran guerras, una película hollywoodense, una calle en alguna ciudad (no es para enorgullecerse, en mi país hay muchas arterias que tienen nombres de asesinos).
Si te recordara por tu último momento estaría haciendo un culto a la muerte; hay algo mucho más relevante que este: todos los anteriores, los que hicieron que tu nombre se conociera, los que hicieron que te busque y te encuentre, o me busques y me encuentres.
Tal vez no sea como pienso. Tal vez sea uno de los que te enjuició y pretenda lavar mi culpa con palabras, como la falacia de pedir perdón solo con la boca… pero si así fuera, ¿por qué te admiro tanto?
No lo sé ni lo sabré nunca, pero hay algo más. El hecho que estemos buscándonos me alegra profundamente. Tal vez la muerte sea una mentira.

jueves, 8 de enero de 2009

La broma asesina.

Ya sé cómo va a terminar esto. Vos vas a morir, o yo voy a morir… y no quiero que esto suceda. Es demasiado patético.
Hay quien dijo que la locura no es más que una salida de emergencia.
La sociedad ha decidido esconderme, quizá porque fracasó conmigo. Hace tanto daño ver “tocada” a una persona que hay que ocultarla para simular que no existe. Deberían saber que “no vale taparse los ojos en el tren fantasma”…
¿¿Hola, hay alguien en casa?? Un mal día. Todos tenemos un mal día. A vos un mal día te dejó disfrazado de murciélago, a mí en cambio me dejó teñido de colores obscenos y horrorosamente asesino. Pera la gota rebalsó el vaso, estamos agotando las alternativas.
Una gran matanza para que un manojo de personas se divierta un poco.
No sé qué es lo que les maravilla de ver un juego de gatos y ratones en el que ya todos saben el final. Hay algo de morbosidad y de histrionismo en ver que el bien siempre triunfa.
No sé qué es lo que los alegra.
Por lo pronto, te sugiero que protejas a G, dado que en su hogar adonde iremos hoy, que vengas sin policías, quiero que descubras la traición al final de la película, y que sigas actuado como hasta ahora. Tu papel es divertido.
No sé quién es el más desequilibrado en esta historia, si el héroe, el villano o el espectador.
Tendremos que entenderlo entre los dos, como siempre.

miércoles, 7 de enero de 2009

Exigua redención

Hay un ventilador a mi lado que hace que el aire me golpee casi como una pequeña bofetada. Silencio en la noche, “ya todo está en calma”, la ciudad duerme con un sueño de bebé, con la inocencia de un cachorrito, con la serenidad de la meditación bien ejercitada.
Hay alguien que duerme a mi lado, que tiene los ojos cerrados pero la mente despierta, expectante de mi cercanía, de una compañía que no es tal.
No sé porqué a veces resuelvo estar tan solo habiendo personas a mi alrededor. Tampoco sé porqué eso me hace sentir mal. Me veo como a un niño correteando por planetas desolados, por estrellas solitarias, por nebulosas sin un ápice de vida… sin embargo, hay alguien que me espera, que odia cada letra que tecleo, cada instante de incomunicación, cada olvido pequeño.
No te pedí nada. No quiero sentirme mal también hoy. Me encantaba estar solo y vos decidiste acompañarme. No te fui a buscar. Que te ame no es una excusa, que me ames tampoco. ¿Por qué todo este micro universo es tan complicado? Mi cobardía a la orden del día, mi pobre temor añejo y gastado.
No gano nada extrañando lo que era para lamentar lo que soy. Tampoco sirve imaginar lo que seré con vos, lo que sería sin vos…
El aire del ventilador, que está en su máximo nivel, y una almohada ocultan sollozos mal contenidos que se me van clavando como pequeñas agujas envenenadas. Con el corazón embargado por la culpa camino apresurado hacia el lecho esperando perdonarme, sentirme menos imbécil.