El colectivo había demorado mucho más de lo debido, aproximadamente cuarenta minutos. Bien se sabe que los domingos hay que orarles a todos los santos para cumplan el horario estipulado… y que cuando por fin llegan, vienen atiborrados de personas enojadas por el amontonamiento, de hedores de lo más variados, y de los inevitables llantos de los párvulos.
Venía parado (como siempre que me agarra el ataque de “buen samaritano”), no miraba a casi nadie, salvo por una pasajera de remerita verde. Era todo lo que podía ver de ella además de su rostro. Al instante en que una señora se paró preparada para descender, corrí y me senté en el asiento vacío, sin importarme las caras odiosas de los otros pasajeros parados. Cerré los ojos para darle una excusa creíble a mi comportamiento. La obra teatral me salió tan verosímil que el sueño me venció, no sé en qué momento.
Una vez que me bajé de aquel detestable transporte público, mientras me dirigía a mi hogar, recordé que no había comido nada en todo el día, que me había levantado tan tarde que no había podido ni siquiera prepararme unos míseros mates. Apuré la marcha imaginando unos misericordiosos fideos, con bastante queso rayado, algo de choclos, arvejas o lo que hubiera en la heladera. Mi estómago empezaba a cantar su canción más desesperada.
Apenas llegué a la vereda de mi casa, escuché el televisor. Siempre lo dejo prendido, al igual que la luz, para que los ladrones crean que el lugar no está solo (realmente no creo que haya alguien tan estúpido como para pensar eso, pero bueno…). Ingresé la llave, la hice girar una, dos veces y abrí la puerta.
No pude creer lo que vi. Ahí, sentado, en mi lugar de lectura, había un hombre leyendo un libro. Transitaba con avidez las letras de “Historia de cronopios…” con la tranquilidad del descanso de un bebé. Ni siquiera se percató de mi presencia. Lo más increíble de todo era que ese hombre… era yo.
El miedo y el enigma se apoderaron tanto de mí que no pude más que quedarme parado adonde estaba, en el umbral de mi casa. Me vi leyendo plácidamente unas páginas del libro cuando, de atrás del pequeño panel de madera que separa la habitación del living, apareció Lucía, mi novia. Venía recién salida de un sueño profundo. Sus ojos así lo evidenciaban.
Se acercó a él, lo besó y le dijo que lo amaba. El hombre, frío y distante le contestó que estaba leyendo un libro, que no quería que lo molestaran. Lucía, triste y un poco molesta se volvió a la cama esperando que él vaya por ella. Luego de un rato (en que las emociones me turbaron, y el temor se burló de mi inercia) el hombre puso un papel a modo de separador y fue hacia donde ella lo esperaba.
Siempre parado en el mismo lugar sentí que mi alma lloraba desconsoladamente. Había algo de mirá qué imbécil que sos en ocasiones en todo aquello. Comencé a caminar sin rumbo definido esperando que la pesadilla terminara. En eso siento una voz fuerte y áspera que me dice:
-Eh, flaco, ¿vos dónde te bajás?
Reescrituras
Hace 7 años
3 comentarios:
Muy bueno, Morgan, pero muy bueno!
Esa fantasía de verse uno mismo desde afuera, y hasta de darse cuenta de su propia idiotez.
Impecable relato onírico, muy cortaziano, como ya le dije en alguna oportunidad y no precisamente por lo que el protagonista leía.
Un beso.
Morgan, me debe haber pasado pocas veces pero es horrible, un pesadilla con mayúscula, que bien la describe Ud. aca una de ficción. Recordé la vez que me contó la historia del pibe que le sonreía ni bien abrió la puerta.
saludos
Cordelia: mil gracias, me alegra mucho saber que te gustó, de verdad. Besitos.
Mariano: mil gracias por tus comentarios. Gracias por leerme.
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