jueves, 30 de octubre de 2008

El aroma y el sentimiento

El aroma y el sentimiento

Una tranquilidad que anestesia el alma transita por toda la ciudad. Aun así, la gente camina apresurada en la vereda de mi hogar. Yo aquí, estanco y cansado.
Miro la casa de enfrente, recuerdo que visitaba a esas personas. No los quería, pero me salvaban de mi soledad. Ellos me preguntaban como iban mis cosas y tonterías así, de ese modo tenían la oportunidad de averiguar sobre mí y opinar en secreto. Creo que en algún sentido estábamos empatados.
Arriba las estrellas parecen saludarme. Aquí, en el umbral de mi casa, la gente entra y sale. Cada tanto alguien hace algún comentario triste. Mi familia llora y se abraza desconsoladamente. Hacía tiempo que no los veía abrazados, creo que desde navidad o alguna otra fiesta así. Quisiera poder participar de esos abrazos, poder tocar el rostro de mi madre otra vez.
Miro hacia ambos lados. Mucha gente cabizbaja. Algunos se quedan cavilando, se detienen en el espacio como tratando de entender. Me hacen acordar a los perros cuando se abatatan. Caras compungidas. Nada nuevo bajo el sol.
No me ven, como siempre. Estoy tan cerca y tan lejos de ellos. Mi casa huele muy mal, esta vez no es porque no haya limpiado, es por mí. Algunas personas que venían a mi casa, parecían más interesadas en el perfume del ambiente y otras cosas de vital importancia como esa.
Los miro con pena. Creo que me quedaré aquí para siempre, he sido feliz en este lugar. Pienso que la gente es una parte del sitio donde vive, quizá haya como un ida y vuelta entre el lugar y la vida de cada persona.
Los forenses se llevan mi cuerpo cubierto con una sábana y el aire comienza a renovarse. Muchas personas abandonan sus muecas de asco. El aroma va cambiando y con él el sentimiento. Creo que ya no les resulta tan doloroso estar en casa de un difunto.

martes, 28 de octubre de 2008

como un angelito

Como un angelito

-bueno, che, ¿te vas a dormir o no?-
-bueno, es que no me viene el sueño.-
Una tos.
Otra tos.
-se despertó Lucía…-
-si, ya sé que se despertó Lucía, ¿te podés levantar vos, que a mí me duele la cabeza?-
-¿Y desde cuándo te duele la cabeza? Si hasta hace un rato estabas lo más bien…-
-Desde que estábamos cenando. Te lo dije, pero vos nunca me escuchás.-
-Si, yo te escucho. Todo bien, yo voy y la hamaco un poquito, pero vos no me mientas más…-
-¡¡Pero si me duele la cabeza!! ¿Sabés qué? Voy a ir yo, porque a vos no se te puede pedir ni un favor.-
-Sí, se me puede pedir un favor, lo que me jode es que me mientas… No, dejá, que voy yo.-
-No, ahora voy yo, así te dejás de decirme mentirosa.-
-Yo nunca te dije mentirosa, lo único que te dije es que vos “a veces” me decís mentiritas, nada más… Bueno, está bien, andá vos, así puedo dormir un poco, que no doy más de sueño.-
-Y… también, con todo lo que te tomaste…-
-Bue… así que ahora soy un borracho perdido…-
-Yo diría encontrado, encima siempre soy yo la que te encuentra. Mirá, voy a ir a hamacar a Lucía porque sino nunca se va a dormir. Que descanses querido, gracias por ayudarme cuando me duele la cabeza…-
-bueno, carajo, si vas a ir, andá, porque la nena hace media hora que llora, y vos ahí, boludeado.-
-Vos a mí no me vas a venir a decir si tengo que ir o no, porque vos no sos nadie para…-
-zzzz zzzz zzzz zzzz –
-Ah, ¿encima te hacés bien el dormidito? ¿Pero sabés qué? Andate bien, pero bien a la mierda.-
-zzzz zzzz zzzz zzzz-
Silencio de bronca.
Pasos que se dirigen a la habitación de Lucía.
Lucía ya no llora. Golpes de palmitas en la espalda de la beba. Así unos diez o quince minutos.
Pasos que se acercan. Una vos apenada y triste que le dice
-¿porqué te encanta hacerme enojar? ¿No es mejor andar bien, sin pelear? No sé, parece que te gustara eso. Si, hacete el dormido, que te sale re bien. Cuando vos necesites a alguien, ahí voy a ser yo la que se haga la dormida.-
-Puta, loco, ¿me podés dejar dormir de una buena vez?-
-¿Viste que no estabas dormido? Sos patético como actor.-
-¡Estaba dormido, pero vos, con tus quejas y tu excelente papel de víctima, me despertaste!-
-Si, siempre soy yo la culpable de todo.-
Tos.
Otra tos.
-Bueno, che, ahora andá vos, yo fui recién.-
-Bueeeeno, la puta madre, carajo.-
-¿Encima se enoja? ¿Encima “él señor” tiene razón?-
Pasos que van a la habitación de Lucía.
La beba se vuelve a dormir, luego de muchísimo tiempo de golpecitos en la espalda y de una hamacada que casi duermen al hombre. El sueño se apodera de la niña y nuestro protagonista se dispone a dormir.
Suena la puerta de calle. La vos aquí se hace mucho más baja.
-Pablo, la puerta.-
-Si, ya sé que es la puerta.-
-¡¡Y levantate!!
Nuestro protagonista, de ahora en más, Pablo, camina hacia la puerta haciendo muy poco ruido. Hay dos muchachos que dialogan nerviosos mientras fuerzan la cerradura. Pablo dice en vos alta pero con mucho temor:
-¿¿Quién anda ahí??-
Los muchachos dejan lo que estaban haciendo y caminan rápidamente hacia cualquier lado, siempre juntos. Pablo vuelve a su cama y, le cuenta todo a Carla (su señora). La resaca hace mucho que quedó en el olvido. Llaman a la policía. Después de unos quince minutos, hace su aparición la fuerza pública.
-Buenas noches-
-Buenas noches, señor. ¿A qué se debe su llamada?
-Intentaron robarme.-
-¿no le robaron nada?-
-No…-
-¿Y qué quiere que hagamos?-
-Yo quería hacer la denuncia.-
-¿La denuncia de qué? No le robaron nada…-
-¿o sea que tengo que esperar a que me roben algo para hacer la denuncia?-
-Señor, no me falte el respeto.-
-Usted no me falte el respeto, es ilógico eso.-
-Aparte, para hacer la denuncia, tiene que saber el nombre de la persona que le vino robar, y eso…-
-¿O sea que, cuando me estén roban les tengo que preguntar cómo se llaman?-
-¿El señor se cree gracioso? Me parece que nos va a tener que acompañar-
-¿Qué, me está amenazando? Si me quiere llevar, lléveme, pero no me amenace.-
Pablo tiene frío. A su lado hay otro hombre, que no conoce y que lo mira con desconfianza, pero también con altanería. Parece que lleva varios ingresos a la seccional, no como nuestro protagonista, quien hace su primera visita a este lúgubre y poco estimulante lugar.
Recién podrá salir mañana, eso sí, a primera hora.
Ah, me olvidaba. Ahí tampoco pudo dormir.

seis paredes

Seis paredes

Ahí viene el cortejo.
Al frente sus dos hermanos. Detrás otros parientes, supongo. Adentro, ella. Ella, quien hace un par de días me llenó de sexo delirante y alcohol insolente. Ella, quien liberó mi pequeño mundo con banderas de alegría oscura y pasadizos profundos hacia un lejano e impiadoso mundo. Ella. Siempre Ella.
Recuerdo nuestros encuentros secretos en que nos mordíamos hasta sangrar, al ritmo de una danza perversa sobre mis piernas, al compás de sus gemidos. Nos gustaba dialogar con quienes van y viene, con quienes ya ninguna prisión encierra. La recuerdo gritando enloquecida, jugando a hundirse agujas, o gilletes, o cosas así. La veo lamer su sangre gozando de su dolor, como si ese fuera el brebaje más dulce, el elíxir de la inmortalidad.
Ahora su cuerpo está encerrado en seis paredes de madera.
Nadie me ve.
Ahí están los demás parientes. Veo sus lágrimas sucias y fingidas, caer abarrotadas de esas cremas que se ponen las viejas pobres pero presumidas. Veo a todos vestidos de negro. Me hacen pensar en cucarachas llevando un pequeño tesoro. Veo sus odios eternos, ahora justificados porque Ella los hace ensuciar en el barro al caminar.
Nunca nos entenderán. Ni antes, cuando nos reíamos embriagados y nos burlábamos de ellos, ni ahora. Antes no teníamos fronteras para cagarnos en lo que nos rodeaba. Ahora tampoco, pero “ahora” es distinto.
Los veo venir hacia donde estoy. Pensé que iban a enterrar su ataúd junto al mío, no sé porqué. Ni antes ni en estos momentos nos quieren juntos.
Nadie nos ve.
Ella toma mi mano y me pide que nos vayamos. Dice que le dan pena los entierros.