Hay una mosca que me estorba, me toquetea, me molesta, me jode, me rompe soberanamente las pelotas, se entromete en mi camino, interfiere en cada cosa que hago… Me tiene absolutamente harto. Ahora mismo quisiera deshacerme de ella y destruirla hasta que ya no quedara nada, hasta ver sus restos esparcidos por toda la casa, ese raro color rojizo que parece sangre brotar de sus entrañas, sus miembros esparcidos por cualquier sitio, su cabeza de pelota extraña deformada y aplastada,
Me pregunto de dónde le viene ese deseo imperioso de molestar, como si fuese su propósito en la vida, como el gran anhelo del fracasado, como el designio de quien ya no tiene más que infelicidad para regalar.
El pequeño estropajo me circunda queriendo acercarse. Quizá hasta ría al verme lanzando cachetazos inútiles, trompadas al aire, golpes que llegan con segundos de demora debido a mis frecuentes incursiones por el laberinto infinito del alcohol.
Qué sola estoy. Con este vacío, solo puedo aspirar a acariciar los brazos de un hombre que intenta hacerme daño. ¿No es demasiado injusta mi vida? No busco más que unos instantes de calma y un pequeño lugar de cobijo, a cambio solo recibo bofetadas que debo esquivar para sobrevivir y miradas de odio de parte del único ser que me hace compañía.
Me pregunto de dónde le viene ese deseo imperioso de sentirse molestado, como buscando una excusa para devastar la vida que lo rodea, como si fuese superior a mí, como si no marchásemos hacia el mismo lugar, como si su fortaleza le augurara una muerte más digna, una tierra llena de flores eternas, el paraíso de los poderosos…
Veo el sufrimiento del hombre y siento pena por él. Creo que muchas personas están condenados a vivir solas porque no se merecen la compañía de nadie… tal vez lo sepa y por eso intenta apagar ese pensamiento con tristes y baratas botellas de vino tinto. Quizá haya algo de competencia, de jactancia de poder, de ignorancia…
Qué fea manera de vivir… la de los dos. Unos momentos de violencia, unos puñetazos atinados y luego la tranquilidad y el silencio.
La sangre mancha el diario deportivo Olé justo en una página que no había leído, la pelota extraña se transforma en una cosa indefinida, casi molida. Separo los restos como un asesino principiante, como un carnicero que recién se inicia en la carrera.
Mi respiración comienza a normalizarse. No me siento mejor, solo más tranquilo. Levanto el vaso y brindo por este instante de paz.
La furia dirige su andar a la calle y deja su lugar a la muerte.
Me pregunto de dónde le viene ese deseo imperioso de molestar, como si fuese su propósito en la vida, como el gran anhelo del fracasado, como el designio de quien ya no tiene más que infelicidad para regalar.
El pequeño estropajo me circunda queriendo acercarse. Quizá hasta ría al verme lanzando cachetazos inútiles, trompadas al aire, golpes que llegan con segundos de demora debido a mis frecuentes incursiones por el laberinto infinito del alcohol.
Qué sola estoy. Con este vacío, solo puedo aspirar a acariciar los brazos de un hombre que intenta hacerme daño. ¿No es demasiado injusta mi vida? No busco más que unos instantes de calma y un pequeño lugar de cobijo, a cambio solo recibo bofetadas que debo esquivar para sobrevivir y miradas de odio de parte del único ser que me hace compañía.
Me pregunto de dónde le viene ese deseo imperioso de sentirse molestado, como buscando una excusa para devastar la vida que lo rodea, como si fuese superior a mí, como si no marchásemos hacia el mismo lugar, como si su fortaleza le augurara una muerte más digna, una tierra llena de flores eternas, el paraíso de los poderosos…
Veo el sufrimiento del hombre y siento pena por él. Creo que muchas personas están condenados a vivir solas porque no se merecen la compañía de nadie… tal vez lo sepa y por eso intenta apagar ese pensamiento con tristes y baratas botellas de vino tinto. Quizá haya algo de competencia, de jactancia de poder, de ignorancia…
Qué fea manera de vivir… la de los dos. Unos momentos de violencia, unos puñetazos atinados y luego la tranquilidad y el silencio.
La sangre mancha el diario deportivo Olé justo en una página que no había leído, la pelota extraña se transforma en una cosa indefinida, casi molida. Separo los restos como un asesino principiante, como un carnicero que recién se inicia en la carrera.
Mi respiración comienza a normalizarse. No me siento mejor, solo más tranquilo. Levanto el vaso y brindo por este instante de paz.
La furia dirige su andar a la calle y deja su lugar a la muerte.